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23 de Noviembre 2017


El panorama electoral y político en Chile después de la primera vuelta del 19 de noviembre

Columna de Opinión de Octavio Avendaño, académico del Departamento de la Ciencia Política y Relaciones Internacionales UAH.

Académico Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

Las elecciones del pasado domingo 19 tuvieron una inusual carga de intensidad y expectación que no se veía desde la segunda vuelta de enero de 2010, o una década antes en la disputa Lagos-Lavín. En parte, la intensidad derivó de las reacciones que asumió una parte del electorado frente a una eventual victoria de Sebastián Piñera. Además, algunos de sus resultados fueron inesperados y hasta sorpresivos, descolocando a la casi totalidad de analistas y politólogos del medio nacional.

Los resultados han dado pie a una serie de conclusiones apresuradas. No han faltado quienes indican que se ha iniciado una nueva fase, e incluso analistas que siguen indicando que a raíz de lo ocurrido el domingo 19 se habría producido el “fin de la transición”, o la superación del “duopolio” (algo que se había producido mucho antes), lo que devela una enorme falta de información e imprecisión conceptual. Surgen diagnósticos optimistas, aunque también pesimistas, sobre el devenir de ciertas coaliciones y partidos, que han sido ampliamente difundidos a través de los diferentes medios de prensa.

A mi juicio, los resultados deben ser leídos e interpretados con cautela, tanto en lo que respecta a la contienda presidencial como a la disputa parlamentaria. Un hecho significativo de la reciente elección fue el nivel de participación registrado, en comparación al 2016 y a la contienda presidencial y parlamentaria del 2013. De todos modos, se trata de una participación aun baja (46,6%) lo que sigue transformando en volátil al escenario electoral. Las tres últimas elecciones, celebradas desde el 2012, han tenido resultados muy dispares entre sí. No se aprecia continuidad o una tendencia que favorezca a una determinada fuerza política.

Sin duda, lo más inesperado fue la votación alcanzada por Beatriz Sánchez, que sobrepasó levemente el 20%, ubicándose 2 puntos abajo del candidato oficialista Alejandro Guillier. Se trata de una votación a costa de la Nueva Mayoría. Una parte del electorado del PS votó por Sánchez, tal como el 2009 lo hizo por Marco Enríquez-Ominami; a su vez, una parte del electorado de la Democracia Cristiana (DC) votó por Guillier, lo que se puede deducir de la diferencia entre la votación obtenida por Carolina Goic y la de los aspirantes al Congreso Nacional. Asimismo, fue sorpresiva la cantidad de escaños alcanzados por el Frente Amplio (FA) en la Cámara de Diputados, incluyendo al senador electo en la circunscripción de Valparaíso, Juan Ignacio Latorre, vinculado a Revolución Democrática (RD).

Sobre el alcance de los resultados

Los medios de comunicación han hablado de la configuración de un nuevo escenario. ¿Pero en base a qué antecedentes esgrimen semejante conclusión? ¿Se basan únicamente en el desempeño del FA? ¿O toman en cuenta, principalmente, lo ocurrido con algunos partidos, como la merma sufrida por el PDC y en menor medida por el PPD? Es por eso que considero necesario ser bien cuidadoso en el análisis, sobre todo pensando en lo que pueda llegar a ocurrir, finalmente, en el balotaje del próximo 17 de diciembre.

En primer lugar, los partidos tradicionales, o mejor dicho aquellos que ya tienen más de 30 años de trayectoria y funcionamiento, no resultan mayormente dañados. RN aumenta el número de diputados, lo mismo el PC, el PR. El PS obtiene senadores donde antes no poseía y se posiciona, dentro de la Fuerza de Mayoría, como el partido con más diputados. El PDC, que experimentó una importante caída en el número de diputados y senadores, obtiene 400 mil votos, cifra para nada despreciable, de los cuales no todos se expresan en escaños en el Congreso Nacional. De los partidos claves del FA, el Partido Humanista (PH) –colectividad de más de treinta años– obtiene un buen número de cargos.

Quien se atreva a plantear que estamos ad portas de un desplome del sistema de partido está muy equivocado. Cualquier análisis comparado con países que han evidenciado tal fenómeno así lo demuestra, por ejemplo, Italia en 1992, Venezuela en 1998, Bolivia antes del 2006, Perú en la segunda mitad de los años noventa, entre otros. Más bien, se configura un sistema en el que coexisten antiguos partidos (antes de la fase autoritaria), otros surgidos previo a 1990 y luego del 2011: Movimiento Autonomista (MA), Revolución Democrática (RD), ambos pertenecientes al FA, y Fuerza Regionalista Independiente (FRI), que elige a dos diputados otrora pertenecientes al PDC –entre ellos, Alejandra Sepúlveda y Jaime Mulet. De acuerdo a la literatura especializada, cuando coexisten antiguos y nuevos partidos el sistema deviene estable. En primer lugar, porque los partidos antiguos aportan con arraigo y capacidad de adaptación. En segundo lugar, porque los nuevos pueden llenar un vacío a nivel de la representación, o haber desplazado a partidos que venían experimentando debilitamiento organizativo y electoral.

En segundo lugar, con los resultados se evidencia que la fragmentación que se venía registrando, aun con el binominal, se tiende a acentuar. Hoy son alrededor de 18 los partidos con escaños en la Cámara de Diputados. Esto genera una enorme complejidad, para alcanzar mayoría en la deliberación legislativa, establecer cualquier tipo de acuerdo y asegurar respaldo en la gestión de gobierno. Desde el 2006, la ausencia de mayoría no sólo ha derivado del desempeño electoral sino también debido a la acción de “jugadores con veto”, o de parlamentarios díscolos, que sobrepasan las posibilidades de cohesión y desarrollo de acciones concertadas. Sea quien llegue al gobierno, o pretenda asumir el rol de oposición, deberá negociar con otras bancadas y fuerzas políticas para la conformación de coaliciones que aseguren mayoría en el Congreso Nacional. A ello se agrega el hecho que persisten los llamados quórum calificados, lo que obliga a la negociación y acuerdos entre las bancadas. Pero, como se viene dando desde el mismo período aludido, están dadas las condiciones para la negociación individual entre gobierno y determinados parlamentarios.

En tercer lugar, en términos de línea programática lo que el FA atribuye como algo propio no difiere, en lo sustantivo, aunque sí en la forma, con lo que se viene planteando desde el primer gobierno de Bachelet, cuando se instala la idea de protección social, y luego en el actual, cuando se plantea el hecho de avanzar en reformas estructurales. Reformas que no tuvieron el respaldo suficiente ni en la coalición de gobierno, ni de parte de la ciudadanía. ¿Qué organizaciones ciudadanas contrarrestó el poder de la CONFEPA en el momento en que se aprobaba la reforma contra el lucro y la eliminación del copago en educación? ¿Cuán denostados fueron los cabildos locales, por parte de un sector del PDC y por algunas agrupaciones del FA, con excepción de dirigentes de RD, cuando se intentaba avanzar en una propuesta de Asamblea Constituyente? ¿No fue bajo este gobierno que fue aprobada la reforma al binominal que permitió el posicionamiento del FA en el Congreso Nacional? En cierta medida, el éxito relativo del FA a nivel parlamentario es consecuencia de iniciativas adoptadas por miembros de la Nueva Mayoría, aun arriesgando su permanencia en ambas Cámaras del Congreso Nacional. Desconocer esa realidad es simplemente faltar a la honestidad…

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