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11 de septiembre 2018


A 45 años del Golpe del 11 de Septiembre: ¿Cómo resistió  la música popular?

Lorena Valdebenito es Doctora en Musicología y Máster en Música Hispana, Universidad de Salamanca y académica del Instituto de Música de la UAH.

Lorena Valdebenito, Doctora en Musicología y Máster en Música Hispana, Universidad de Salamanca y académica del Instituto de Música de la UAH

 

Por Carmen Sepúlveda

La destacada Doctora en Musicología, Máster en Música Hispana de la Universidad de Salamanca y académica del Instituto de Música de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UAH, Lorena Valdebenito cuenta que la política cultural del régimen militar se formalizó en 1975 con un decreto o bando que estableció que “el arte no podrá estar más comprometido con ideologías políticas”, al tiempo que propuso definir el “deber ser” nacional, delegando a la cultura la misión de crear “anticuerpos” contra el marxismo para “extirpar de raíz y para siempre los focos de infección que se desarrollaron y puedan desarrollarse sobre el cuerpo moral de nuestra patria”. Con esta orden a cuestas, se identifican hitos que impactaron a la producción musical y a los artistas:

Cierre del sello DICAP

El mandato de los militares silenciaba la música que se estaba produciendo desde comienzos del año ‘65 hasta el ’73, que era una proliferación del sello Discoteca del Cantar Popular (DICAP), sello discográfico de las Juventudes Comunistas de Chile que publicaba a  quienes no tenían espacio en las compañías multinacionales por sus temáticas contestatarias y anticapitalistas, convirtiéndose en el soporte discográfico de la Nueva Canción Chilena:

“DICAP tuvo más de sesenta producciones  de artistas como Víctor Jara, Rolando Alarcón, Los Blops y muchos otros. La Nueva Canción Chilena estaba naciendo y tenía ese espacio, pero cuando comenzó el golpe el sello fue saqueado, se eliminaron muchas evidencias de estas músicas tanto físicas como también de los espacios”, cuenta Lorena Valdebenito.

Efectivamente las oficinas de calle Sazié fueron allanadas y gran parte de sus masters incautados y posteriormente destruidos. Hasta 1982, DICAP continuó funcionando en París y luego en Madrid, pero sus obras eran censuradas en Chile.

En Francia, durante el período se creó un subsello dependiente llamado Canto Libre, bajo el cual se publicaron varios álbumes de chilenos exiliados. El año ‘76 el sello Alerce también estuvo en Chile, editó casete y fue un foco para promover música de cantautores como Eduardo Gatti y Silvio Rodríguez. “Estos nuevos espacios de producción fueron de resistencia que posteriormente con el Canto Nuevo, se distinguen de artistas como el grupo Abril, Tita Munita, Tita Parra, el grupo Sol y Lluvia que mantuvieron una manera común de hacer música”.

Tanto para la circulación como para la producción de música de resistencia fue fundamental el casete. Este medio de difusión musical era tremendamente bueno para evitar que fuera interceptado por las fuerzas del gobierno. Proliferaron en este medio copias caseras tanto de las nuevas canciones chilenas, como de música producida ya en la dictadura, música política anti régimen y que estaban producidas específicamente para la clandestinidad.  Era una herramienta más de lucha contra la dictadura.

Fuera la quena y la zampoña

Por otro lado, un tema que se ha investigado harto en Chile es la idea implícita de los militares de prohibir de las radios cierta sonoridad de instrumentos como la quena y la zampoña, porque en la lectura del régimen la música nortina se vinculaba a movimientos subversivos. “Era un código que se entendía perfectamente”, comenta la académica. Así, desaparecieron totalmente de la programación radial, por indicación de la Dirección Nacional de Comunicación Social, todas las canciones y melodías de carácter nortino, toda pieza musical que incluyera quenas, charangos y bombo.

En la lógica del folclor llama la atención que Violeta Parra no fue censurada y la explicación es que “no se le relacionó con estos sonidos, no obstante ella grabó en DICAP, pero su música no  atentaba contra la nueva institucionalidad”, su figura era aclamada por la derecha con canciones que no representaban un ideario. Se escuchó a Violeta con “Gracias a la Vida”, por ejemplo, por el sentido más universal de la letra”, dice.

La lista negra

Para Valdebenito, otra de las cosas que impuso el régimen y afectó al mundo creativo fue la “lista negra”, que identificó los nombres de los artistas y grupos musicales a los que se les cerraban las puertas en radio y televisión: “Eso fue un mecanismo de represión, porque sacó de la difusión masiva a todo lo que sonara de izquierda y propuso darle tribuna a los grupos que adherían a los ideales del golpe”, comenta.

Surgen las peñas

Los músicos que resistieron el período se organizaron para tocar y reunir a su público en circuitos under, lugares clandestinos y dieron fuerza a la manifestación popular que eran las peñas folclóricas que existieron a lo largo de todo el país. “La peña de los Parra fue el inicio para pensar un lugar vinculado al folclor con un significado y una identidad propia. Las peñas convocaban al público de izquierda en todo Chile, 0 sirvieron de punto de encuentro y de unión entre los diferentes grupos de disidentes, porque a veces se piensa que estuvieron sólo en Santiago, también hubo peñas en Chillán y en Concepción y en otras ciudades”, aclara.

 Los Prisioneros

Por otro lado, ya a finales de los ochenta, nació un grupo alejado del virtuosísimo de los grandes músicos chilenos reconocidos. Fue en San Miguel donde el grupo Los Prisioneros esta banda de rock/pop considerada una de las mejores y más influyentes del continente dio vida a letras contestatarias. Constituida desde 1979 por Jorge González (voz y bajo), Claudio Narea (guitarra y coros) y Miguel Tapia (batería y coros) se hicieron conocidos porque su música y, especialmente, sus letras — que criticaban diversos aspectos del acontecer político y social en Chile y en el resto de América Latina — despertaron y animaron a una generación de jóvenes reprimidos quienes emplearon estas canciones en sus protestas contra el régimen. Por esta razón, Los Prisioneros fueron censurados en los principales medios hasta el fin de la dictadura, transformando al grupo en una de las bandas más importantes del rock chileno y destacadas de Latinoamérica.

“Ellos fueron súper valientes, la prensa decía de ellos que eran “jóvenes drogados”, los trataban de criminalizar, pero mientras más lo hacían era peor porque más llegaban a la juventud y llenaban los conciertos. Fue un impacto, creo que hay un antes y un después de la forma de hacer rock a partir de Los Prisioneros,  porque  hicieron canciones con dos acordes, con instrumentos súper básicos, un teclado que era como de juguete, una guitarra barata, eran chiquillos del liceo que tenían una idea identitaria que la expresaron en canciones súper pegajosas, y el aporte fue muy importante”, comenta la musicóloga.

La cueca y las marchas

A nivel educativo, en las salas de clases de los colegios públicos la música existía, “se podían escuchar cuecas y aprender las marchas de las fuerzas armadas, o himnos como el del carabinero que se cantaban en el día de la institución. La idea de la cueca chilena de ponerla obligatoria fue como una especie de identidad falsa”, comenta Valdebenito.

La música en el plano educativo, tuvo como consecuencias  bastante estudiadas una de ella fue que en dictadura los profesores de educación musical cuando conversaban de música popular o de música clandestina lo hacían muy bajito en la sala de clases, hay investigaciones sobre eso y llama profundamente la atención porque no habían razones, pero había miedo y se cuidaban que nadie los escuchara”, dice. 

 Víctor Jara

Uno de los golpes más traumáticos que vivió el mundo cultural fue la muerte de Víctor Jara, músico, cantautor, profesor y director de teatro chileno. La figura de Víctor Jara es un referente internacional de la canción protesta y de cantautor, y uno de los artistas más emblemáticos del movimiento músico-social llamado «Nueva Canción Chilena». Su muerte primero fue muy fuerte porque fue muy confusa, “se sabía que estaba muerto, pero no las circunstancias, ni dónde estaba su cuerpo, ni cómo había pasado, de hecho su viuda Joan en el libro “Víctor Jara, un canto truncado”, escribe una biografía justo diez años después del asesinato, ese relato más próximo y conmovedor, es difícil de leer por esta confusión de los hechos”, finaliza la académica.

La música en dictadura fuera de Chile, produjo un efecto de unión en la lucha entre los que vivían en el extranjero porque tuvieron que exiliarse, y los que luchaban dentro del país porque tenían que derribar la dictadura.