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7 de Noviembre 2016


El partido de la abstención

Columna de opinión de Pablo Salvat, académico del Departamento Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado, publicada en El Mostrador.

Pablo Salvat, académico del Departamento de Ciencia Política y RR.II.

Pablo Salvat, académico del Departamento de Ciencia Política y RR.II.

Al parecer, el único “partido” que sigue creciendo en adhesiones en el país (no sabemos si es ya una militancia), es el partido de la abstención. Desde los años noventa hasta la votación municipal de unos días atrás. Fíjese que el año 92 la participación en las municipales fue del 72% y este año, de 35%. Es decir, tenemos el domingo un 65 por ciento de abstención promedio en curso. ¿Qué le parece lector>/lectora? Algo que se venía anunciando. Se dio también en las últimas presidenciales. Y eso que para los entendidos y la nomenclatura política, las municipales son distintas a las parlamentarias o presidenciales, se dice que por la cercanía vecinal y de barrio. Se ha desatado, como era previsible, la guerra hermenéutica en torno a estos resultados. Es decir, ¿de quién es la culpa, por qué pasa esto? Para algunos, esto se debe a que el voto se cambió de obligatorio a opcional. Otros, a que los jóvenes prefieren “carretear” y se levantan con “resaca” el domingo.

Aun otros, a que no se conocían los candidatos o que eran muchos. Distintas lecturas que tienen en común situarse en el actual ordenamiento político social y económico de manera incuestionada. La novedad del presente no está en que el voto sea optativo, o que se haya juntado con un lunes feriado, y los egregios citoyens hayan preferido pasar sus horas en diversos tacos de proporciones para escapar de las delicias de vivir en el Santiago actual. No. La curva progresiva de la abstención parece reflejar cada vez más una crisis de legitimidad del orden ideológico e institucional de corte neoliberal que viene rigiendo nuestras vidas hace ya 40 años -(como decía un profesor americano, Haberberg creo, Chile es un admirable caso de continuidad de política económica neoliberal.)- Distintas encuestadoras y programas de investigación registran la enorme desconfianza hacia el conjunto de las principales instituciones, sean público-estatales o privadas (empresariado). Los representantes (desde el municipio hasta el Congreso) y la representación, entendida como delegación unilateral de poder social, están cuestionadas y desacreditadas. Y sabemos todos cuáles son los motivos. Al mismo tiempo, se manifiesta un cierto cansancio, una cierta impotencia frente al hecho que, de la mano de las actuales formaciones políticas que se reparten el poder, más los poderes fácticos (empresarios, banqueros, militares, entre otros), no vendrán los cambios fundamentales que demandamos para mejorar nuestras vidas (en salud, trabajo, pensiones, vivienda, educación, medio ambiente, participación), aunque lo pidieran siete millones de chilenos en las calles.

La curva progresiva de la abstención parece reflejar cada vez más una crisis de legitimidad del orden ideológico e institucional de corte neoliberal que viene rigiendo nuestras vidas hace ya 40 años.

Por eso hay que distinguir: lo que empieza a haber –a pesar de los intentos mediáticos en contrario-, es una desafección generalizada con la forma actual de organizar la sociedad y sus instituciones orientada por la ideología neoliberal dominante. No es al parecer una desafección con los asuntos públicos o comunes. Obviamente esto no quieren reconocerlo nuestras elites. No les conviene. Y por eso que es imprevisible hasta dónde se pueda llegar con esta tendencia…

Pasa que las democracias representativas liberales actuales combinadas con un capitalismo de mercado desregulado y globalizado, promueven una ciudadanía de “baja intensidad”, cuando no una democracia “protegida” (como quería la Constitución del 80 y sus mentores ideológicos pro derechas). A lo más, representación delegada, nada de participación y menos vinculante. Por supuesto, este singular ideario no se ha impuesto solo en Chile. Pero eso no justifica nada como algunos pretenden: oiga dicen, esto no pasa solo acá, vea el mundo pues. Esa ciudadanía de “baja intensidad” implica: a. reducir el ejercicio de ciudadanía a la condición de obediente “ciudadano-siervo”, autorizado a la condición de lector cada cierta cantidad de años, pero sin capacidad real de incidir en decisiones que le afectarán; b. la capacidad de decisión ciudadana es cooptada por su privatización y los poderes que la acompañan y encarnan decidiendo de manera unilateral y autoritaria en temas de interés común; c. una ciudadanía de este tipo conlleva también poseer un débil o inexistente control sobre el quehacer de los representantes elegidos y sobre la función pública, lo que trae, como hemos visto, la corrupción, la manipulación y la interesada con-fusión entre poder económico y elite política; d. la ciudadanía de baja intensidad tiende a promover y/o generar grados muy importantes de desconfianza, apatía electoral o desafección, todos los cuales resultan hábitos y actitudes – un ethos- plenamente funcionales a la mantención y reproducción de los intereses de poder y sus instituciones actuales (y estamos hablando solo de los connacionales, puede imaginar lo que pasa con los miles de “extranjeros” que han venido a vivir y trabajar aquí con su calidad de sujetos de derecho y ciudadanos). Como sostienen muchos autores, los derechos de ciudadanía duramente conquistados por diversas luchas, desde el siglo XVIII, se han visto reducidos –globalización con ideología neoliberal de por medio- a aquellos vinculados prioritariamente con el mercado, la propiedad privada, el consumo o las empresas, dejando de lado y subordinando temáticas fundamentales del horizonte emancipador moderno: justicia social, igualdad, fraternidad, entre otras. No tendremos una democracia real y participativa, una democracia de alta intensidad, republicana, mientras tengamos un país tan desigual y con tal concentración de los poderes; pero tampoco, mientras el ideario neoliberalista global siga mandando en las almas y corazones de las elites de poder y en muchos ciudadanos y ciudadanas y genere la figura de los “ciudadanos-siervos”, sujetos de derechos pero sin poder real para ejercerlos; por lo cual terminan delegándolos (en el mercado o el Estado) y privatizándose. Como bien lo expresan Laval y Dardot: “la crisis profunda de la democracia representativa en la época neoliberal, sin duda irreversible, muestra claramente la necesidad de inventar otra política, otra relación con la política. Y ese es precisamente el desafío de la política de lo común”.