Carta al padre Gonzalo Arroyo

Por: Felipe Contreras (egresado de la Universidad Alberto Hurtado).

23 Mayo, 2012

A veces, con tanta sordera de nuestra iglesia, nos alejamos de ella. Entre tanto Karadima, entre tanta discriminación, entre tanto Medina, la iglesia, “Nuestra Iglesia” parece alejarnos.

Padre Gonzalo: Ayer nos vimos por última vez. Estabas tranquilo, con tus manos cruzadas, y con la serenidad y paz de haber hecho lo que viniste a hacer. Ayer no fuimos a las “Vacas Gordas”, ni conversamos de política, tampoco pudimos reflexionar del estado actual del país. No me pudiste retar por no haberme leído alguno de los últimos libros en los cuales buscabas permanentemente comprender el mundo y su devenir. Ayer no escuché tu risa, ni tampoco escuché tu frase: “yo hallo que….”

Ayer me dijiste otras cosas. Ayer me volviste a invitar a vivir la vida con sentido, con urgencia, con reflexión y justicia.

Ayer nuevamente tu paz trataba de contenerme. En algo lo lograste, pero algo me faltó. Siento un vacío con tu partida. Sé que ya era la hora, pero inevitablemente me harás falta. Le harás falta a tu universidad, a tus alumnos, a tu Villa Francia.

Hace algunos días, Cristián del Campo, sacerdote jesuita, escribió una excelente columna. Se llama “Reconstruye Mi Iglesia”. Creo que no alcanzaste a leerla, pero sin duda tu ejemplo debe haber sido la base con la cual la pluma de Cristián la redactó.

Querido Gonzalo: Tu misa de ayer fue como estoy seguro la soñaste, sobria, llena de tus amigos de la Villa Francia, con muchos estudiantes, con tu familia y con tu comunidad. Ayer recordé una frase que alguna vez me dijiste y que era muy rara para ser pronunciada por un sacerdote: “deja de buscar a Dios, dale espacio para que Él te encuentre”. Ayer nuevamente me encontró. Me encontró, porque como decía Cristián en su columna, ésta Es mi Iglesia. Tú eras parte de esta Iglesia. Una Iglesia que si nos da pie para creer, para luchar, para acoger. Una iglesia obediente pero jamás complaciente.

A veces la tele está tan fuerte Padre Gonzalo que no nos escuchamos, a veces la farándula y el éxito rápido no nos dejan ver la mano de alguien que está esperando acogida de nosotros.

A veces, con tanta sordera de nuestra iglesia, nos alejamos de ella. Entre tanto Karadima, entre tanta discriminación, entre tanto Medina, la iglesia, “Nuestra Iglesia” parece alejarnos.

Hoy quiero hacerte este pequeño homenaje porque eres esa otra cara de la Iglesia. Esa parte maravillosa de la Iglesia: Una Iglesia que acoge, que lucha por la justicia, que acompaña, que desafía, que exige.

Probablemente no saldrás hoy en las noticias, ni tampoco serás #TT en twitter. Probablemente los que te lloremos lo haremos en silencio, con nuestras familias, con pena y agradecimiento. Estoy seguro de que les tendremos que contar a “los nuestros” por qué fuiste tan importante en nuestras vidas, pero no va a ser fácil que lo comprendan, porque no fueron hechos puntuales los que nos ayudaron: fue tu opción y acción de vida. Fue tu ejemplo, tu cariño, tu risa, tu mal genio, tu acogida, tu opción por la justicia. Fue tu vida la que nos marcó.

Quedaran pendientes tus lomos a lo pobre que tanto me pedías que no dijera que comías. ¿A cuántos les habrás dicho lo mismo? A lo mejor por eso te gustaba tanto salir a comer.

Quedará pendiente ese libro que nunca alcancé a terminar para que hicieras el prólogo. Después de todos tus comentarios tuve que empezar otro. Quedará pendiente también ver a la próxima generación de tenis.

Quedará pendiente el país más justo e igualitario que siempre buscaste.

Quedará pendiente un país donde nos avergüence el tratarnos mal, donde nos duela que atropellemos la dignidad de los nuestros. Quedarán pendientes algunas palabras para tu comunidad en Villa Francia, para tus amigos, para tus alumnos.

Quedará pendiente para la Universidad Alberto Hurtado la incorporación de nosotros con mayor fuerza en el debate nacional, como ansiabas.

En algún momento, Padre Gonzalo, y ya no por ti, sino por tu rebaño, como decía ayer tu amigo Oscar Gulliermo Garretón, los pendientes tuyos serán los nuestros.

Así te gustaba a ti: que otros tomaran responsabilidad e hicieran propios los valores que movieron tu vida.

Tus pendientes se transformarán en obligaciones nuestras contigo y con el país que imaginaste. Tus pendientes inconclusos serán los motores que impulsen nuestro actuar.

Padre Gonzalo, gracias por tu generosidad, descansa. Tu hora ha llegado. Esperamos estar a la altura para la cual nos guiaste e inspiraste.

Guarda tu Blackberry, cierra tus libros, publica tu última columna en la revista Mensaje y anda, anda con Él.