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25 de junio 2021


Pía Lepe, periodista UAH y activista trans: “Mis decisiones en relación a mi identidad siempre se basaron en la paciencia y en prácticas de sobrevivencia inteligente”

Tiene 24 años, es periodista y Coordinadora del Centro de Estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad Alberto Hurtado. Su transexualidad la vivió desde la calma y hoy es una mujer cercana y muy rigurosa en la defensa de sus derechos: “En mi caso la transición social fue súper lenta y la barrera fue lograr el reconocimiento en el espacio público institucional universitario”, dice.

Pía Alejandra Lepe @pialecort fue la primera alumna trans en la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Luchó para que le cambiaran el nombre. Peleó para titularse con una tesis y no con una investigación periodística o un reportaje. Fue reconocida como Agente de Cambio en el 2018 por su trabajo político social en las luchas de género y derechos de las disidencias sexuales y fue la primera en dar un taller de identidad de género a sus profesores: “Me interesaba tocar temas de fondo, desde las corrientes que explican la diversidad sexual hasta el lenguaje y lograr una reflexión en torno al ejercicio periodístico y a la docencia”, señala.

En la enseñanza media se sumó a las Juventudes Comunistas y co-fundó el Colectivo Lemebel, una agrupación de estudiantes secundaries del liceo Luis Barros Borgoño, el mismo donde estudió el autor de “Tengo miedo torero” y como activista trabajó en el Movimiento por la Diversidad Sexual y de Género Mums, y en la Corporación Chilena de Mujeres Trans, Amanda Jofré.

¿Cómo se ve y se escucha Pía Lepe? Tiene el pelo castaño hasta los hombros, usa chasquilla, mirada y sonrisa dulces y una voz pausada cuando profundiza en su cambio de identidad. Para ella conversar de este tema se trata de hablar de sobrevivencia, verbo que para todo ser humano implica no morir luego de enfrentar una situación difícil o de peligro, pero en su biografía conlleva un aprendizaje de autodefensa. Es como si tuviera una “caja de herramientas” que usa para evitar conflictos. “Aprendí a saber cuándo callar”, dice. Son estrategias, tácticas, trucos y ser consciente de cada una de las decisiones para poder vivir en paz, comenta. Y lo logra. Su transición sólo se aceleró cuando entró a la Universidad, y su nueva identidad la inscribió en el registro civil de Renca en el 2018 cuando fue ley en Chile.

La lucha por su nombre social

Sus profesores dicen de ella que  fue muy buena alumna. Su puntaje en la PSU le alcanzaba para estudiar periodismo en la U. de Chile, pero eligió el enfoque de la malla de la UAH y se matriculó el 2015 como alumno. En ese entonces la Universidad no tenía implementada una política de identidad de género y le tocó inaugurar el proceso de ser reconocida institucionalmente como mujer. De eso han pasado años y este 2021 se tituló y su diploma está grabado como Pía Alejandra Lepe Cortez.

Su tesis de grado de 106 páginas resultó un brillante tratado de los estereotipos y del deber ser de la mujer que difundió El Mercurio entre los años 1984 a 1987. Llevaba como título “Representaciones de feminidad en los medios de comunicación durante los últimos años de la dictadura cívico-militar chilena” y fue dirigida por la actual directora del Departamento de Periodismo, María Ximena Orchard: “Invito a leer los testimonios de las mujeres que entrevisté en mi tesis, ahí está todo”, señala.

-Según tu investigación: ¿Qué significó ser mujer durante la dictadura y qué pasaba con las lesbianas y las transexuales? –

-El deber ser de la mujer, según los registros y en palabras de las participantes, era ser madre, dedicada a la familia y guardiana de los valores patrios. Por el contrario, la mujer que se salía de este deber eran tachadas de malas, marxistas, putas y lesbianas. Y en ese sentido la mujer lesbiana era discriminada e invisibilizada incluso en los mismos entornos feministas de la época. Por otro lado, ser trans en la época era ser el maricón pintado, un monstruo al que, si se le daba muerte, a nadie le importaba.

– Argentina después de Uruguay se convirtió en el segundo país de la región en establecer por ley un cupo laboral en la administración pública para personas travestis, transexuales y transgénero. – ¿Qué te parece este avance? –

-Es un camino que debe seguir Chile para con las personas trans, pero también es una oportunidad para el desarrollo laboral mismo. En nuestro país, sobre todo en poblaciones adultas, la mayoría de las personas trans femeninas viven en un círculo de violencia y exclusión que las ha llevado a optar por el trabajo sexual como la opción de sobrevivencia. Un cupo laboral trans, puesto en palestra también en Chile y exigido desde hace años por la Corporación Amanda Jofré, significa darles otra opción a las personas de desarrollarse y tener mínimos resguardos legales.

El responsable en la UNESCO de crear la política escolar de inclusión de niños y niñas trans visitó la UAH y escribió un libro donde identificaba barreras que enfrentan las personas después de una transición. En tu caso: ¿Reconoces alguna barrera? –

-En mi caso la transición social fue súper lenta y la barrera fue lograr el reconocimiento en el espacio público institucional universitario y se superó cuando la Universidad adoptó la política de cambio de nombre en los registros.

– ¿Y cómo fue ese proceso? –

– Al principio se implementó mal porque el proceso debió tener tres etapas: ideación, testeo/piloto y ejecución y la comunidad no participó activamente, y si se aplica una dinámica de política pública donde tenemos una solución contemplada para un problema x y no hay una investigación del impacto de esa política en el usuario, se hace mal porque no se ven las problemáticas que puede causar esa solución. En este caso no hubo un proceso estructurado, pensado y planificado.

– ¿Y qué problemas tuviste? –

-Cuando se implementó hubo una serie de consecuencias, por ejemplo, si adoptabas un cambio de nombre se cambiaban todos los registros y eso es un problema judicial para los estudiantes porque en caso de solicitar pensión alimenticia el certificado que entregaban aparecía el nombre social y no el nombre legal, entonces no servía. Lo que yo hice fue pedir un certificado legal y eso demoró un mes. El nombre social no implicaba que cambiaran todo. 

-Pero estás consciente que era algo nuevo y la institución estaba aprendiendo: ¿Sientes que abriste un camino para mejorar estos procedimientos? –  

  -No lo sé. Mira, hay muchas personas trans que se podrían clasificar en tres grupos: las que se autoreconocen pero no se convocan para la discusión, las que no quieren un reconocimiento institucional y no dan la batalla en ganar derechos y otras como yo que somos “canapé de huevo” que queremos estar en todas y hacer los cambios. Por ejemplo, el matrimonio igualitario a mí no me interesa, pero es importante avanzar en derechos y obvio que lo voy a apoyar. Eso es lo que me pasaba en la Universidad, creí que mi experiencia era buena para las futuras generaciones y hoy espero que al menos estén más capacitados, porque en mi caso nadie sabía nada.

-Hiciste un taller para los académicos sobre diversidad e identidad de género: ¿Cómo fue esa experiencia? –

– Fue una instancia que propuse y los académicos aceptaron y me escucharon atentamente. A mí me interesaba tocar temas de fondo, desde las corrientes que explican la diversidad sexual hasta el lenguaje y lograr una reflexión en torno al ejercicio periodístico y a la docencia.

– La población trans presenta altos índices de suicidio: ¿Tuviste una etapa negra? –

-No tuve una etapa negra, pero es verdad, los datos que son del 2012 dicen que la población trans tiene una esperanza de vida de 35 años, porque además del suicidio está el proceso de transición clínica sin supervisión médica que tiene un alto componente de riesgo e incidencia de mortalidad.

– ¿Tu familia siempre te acompañó? –

-No. Mi familia es conservadora y evangélica y he crecido con micromaltratos, pero no fueron una amenaza a mi vida. Mis decisiones en relación a mi identidad siempre se basaron en la paciencia y en prácticas de sobrevivencia inteligente como de camaleón que es tratar de mimetizarse según el contexto. Si no hubiese sido paciente, no habría soportado comentarios del entorno, seguramente me habría ido muy joven de mi casa, me habría dedicado al trabajo sexual o a lo mejor me habría inyectado silicona industrial en el cuerpo y quizás no estaría viva.

– ¿Y sentiste que tu familia priorizó tu felicidad y el amor hacia ti o tampoco? –

-El amor de familia se expresa en que quieren que uno viva en paz y yo tengo mucha paciencia, trato de evitar el conflicto y por ejemplo cuando voy a la casa de mis abuelos ellos me nombran por mi nombre anterior y yo sé que eso no va a cambiar porque son religiosos, y sé que lo hacen no porque no se acostumbren sino porque no lo aceptan. Y el amor mío hacia ellos permite aceptarlos porque son mis abuelos y ellos no me rechazan porque soy su nieto-nieta y así vivimos en paz.

“No me hice sola”

– ¿Qué pasaba en tu colegio con esto de ser diferente? –Mi colegio era un entorno vulnerado, mis compañeros eran hijos de prostitutas, de traficantes, de asesinos, de ladrones internacionales en el que sólo dos varones ingresaron a la educación superior: uno está estudiando en la universidad y otro entró a un instituto técnico y todo el resto están metidos en la pasta base, robando, las mujeres si no son lesbianas tuvieron guagua a los 14 años. Entonces venir de ese mundo te permite tomar decisiones de sobrevivencia.

– ¿Y hubo profesores que te orientaron? –

– Sí, mi colegio era maravilloso, conocí a personas que me mostraron un camino porque no me hice sola, reconozco una construcción colectiva que me ayudó y es mucha gente; entre ellos profesoras, políticos y adultos que supe sacarles el jugo porque me permitieron ver cosas más interesantes y ampliaron mi mundo.

– ¿Cuándo te sumaste a organizaciones como activista?-

 – Me organicé políticamente en el liceo, entré a las Juventudes Comunistas, y ahí con un grupo muy diverso armamos el Colectivo Lemebel.

– ¿Y conociste a Pedro? –

-Sí, lo conocí antes que perdiera la voz y era una vieja muy pesá, ¡jajajaja! Me acuerdo que cuando supo el nombre del colectivo me dijo: “Ya me estás matando” porque uno ocupa nombres de gente fallecida para inspirar y darle fuerza a una causa, pero él estaba vivo. Y en la Jota conocí al mundo anarquista, y a la Alzada Libertaria, una fracción feminista del Frente de Estudiantes Libertarios, y el 2012 el feminismo. Y un día me llamaron para ser parte de una comisión de género en el PC y me reencontré con un amigo cineasta que estaba investigando temas de género en el cine, en la literatura y en la política.  A él junto a su equipo en la productora Celestial Twins, se le ocurrió organizar el Festival Celestial de Género +Videoarte y trajo a Chile a Genesis P_Orrige con el grupo Thee Majesty, una figura transgresora y pionera del rock industrial.

– Pucha ese festival me lo perdí: ¿Cuéntame quiénes lo produjeron y quiénes vinieron? –

-Fue producido por Diego Barrera, Jei Triangular, y la sonidista Antonia Larenas. Lo inauguramos en Casa de los Diez, hubo un concierto de Thee Majesty en la Blondie y charlas en la ex cárcel de Valparaíso. Participaron Michel Riquelme, en ese entonces, coordinador ejecutivo de Organizando Trans Diversidades (OTD) Chile, Adrià Ghiralt, el videoartista barcelonés, Amanda Lotspike antropóloga de la Universidad de California, Michel Beauvais, artista visual, Mappo Klampaiboo, actriz chilena japonesa y fue bacán.

– ¿Por qué? –

-Porque hasta ese momento yo había hablado en asambleas estudiantiles, pero ese festival fue mi primera de las muchas experiencias de exponer temas de diversidad y biopolítica del género con más público.

– ¿Y qué autores estudiaste para prepararte? –

– Estudié a Michell Foucault con su crítica al comunismo y con él entendí la importancia de la esposa de Lenin, Nadia Krúpskaya, que fue un aporte en el sistema educativo de la Unión Soviética. Pero antes de leer a Foucault leí a Marx y parte de los 72 tomos de Lenin, pero después conocí a las feministas y me quedé con la francesa Monique Wittig más las autoras clásicas y las nuevas, entre ellas, las chilenas Olga Grau y Julieta Kirkwood.

– Según tu biografía y con la oportunidad de conocer el mundo de las ideas filosóficas: ¿Cómo crees que debería conversarse la identidad de género con los estudiantes? –

-Creo que la conversación debe ser natural porque les niñes son una caja abierta, muy transparentes, entienden todo y no tienen prejuicios. Por ejemplo, mi mamá trabaja como cuidadora de gemelas y ellas me conocieron con mi antiguo nombre y cuando me reconocieron con mi nuevo nombre me dijeron: “Ahora te llamas Pía, qué lindo”. El tema tiene que ser natural y las diversidades de las personas se pueden aprender en base al juego.

– ¿Y por qué estudiaste periodismo? –

– Yo veo la carrera como una herramienta no como un fin, y lo importante es cómo utilices esa herramienta. Fue una decisión pensando en el futuro y lo que quería era después del pregrado hacer un magíster de género y un doctorado en Big Data. Ahora estoy estudiando desarrollo web y todo se entrecruza.

– ¿Como ves el proceso chileno con esta nueva arquitectura de derechos que va a construir la convención? –

– No me cabe duda que gran parte de las constituyentes van a llevar los temas con conocimiento de causa, la misma Valentina Miranda del PC es feminista. Sólo me preocupa el tema del miedo que se está instalando, tenemos una Lista del Pueblo que no quiere una ceremonia con el presidente y se crea esta reacción del miedo y el rechazo. Eso me preocupa, el conflicto innecesario.

– Y, para terminar: ¿Cuál sería tu mensaje para los jóvenes que se reconocen como trans en un país como el nuestro? –

-Que es importante hacerte de amistades y encontrar familia fuera de tu familia de sangre, vivir el proceso a tu propio ritmo, porque si bien es violento que te insulten, que te nieguen y te invisibilicen también es violento que te obliguen o te reten por no definirte. Las personas tienen que vivir su proceso a su manera. Algunos se demoran muy poquito como Selena y hay otros que se demoran años porque vivieron una época compleja o porque no lo descubrieron antes. Y también es importante buscar referentes, yo tengo a Claudia Rodríguez, sujeto trans maravillosa, y a la argentina Marlene Wayar que dirige “El Teje”, el primer periódico travesti de Latinoamérica, y ha escrito desde lo experiencial, lo político y lo sicológico.

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