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29 de Noviembre 2016


Mitos y leyendas sobre la utopía de los países nórdicos

Opinión de Ignacio Cienfuegos, Director del Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UAH.

Los países escandinavos suelen ser citados con admiración por quienes aspiramos a construir sociedades más igualitarias y prósperas, como países que combinan altos niveles de crecimiento económico con derechos mínimos garantizados.

El carácter de “tierra prometida” o modelo ideal de sociedad para los que abrazamos ideales progresistas, se sustenta en los extraordinarios indicadores que presentan en casi todas las dimensiones de desarrollo no solo económico sino también humano. Baja tasa de criminalidad, elevada esperanza de vida, altos niveles de cohesión social, distribución equitativa del ingreso y alto crecimiento. Es así como en el “Índice para una Vida Mejor” de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Noruega ocupa el segundo puesto, seguido de Suecia y Dinamarca.

El problema es que el asombroso desempeño escandinavo es a menudo atribuido –directa y exclusivamente– a la expansión del tamaño del sector público y la construcción de un potente estado de bienestar, como la receta única que un país en vías al desarrollo como el nuestro debiese copiar, de manera de equipararse con las sociedades del norte de Europa. El camino hacia la utopía nórdica pasaría, entonces, por el rápido y radical aumento de los impuestos y el gasto fiscal, así como por la creación de amplios monopolios públicos y mecanismos de redistribución e intervención en la vida económica y social por parte del Estado.

Nima Sanandaji, académico sueco-iraní del Instituto de Tecnología de Estocolmo en un reciente libro, titulado El poco excepcional modelo escandinavo, argumenta que el progreso de los países nórdicos no se debe necesariamente a la construcción de un Estado de bienestar como principal explicación de su desarrollo, sino más a una combinación de factores que incluyeron a la libertad económica y el espíritu emprendedor de sus pueblos, rasgos culturales en torno a la ética protestante sobre el deber y el trabajo, así como prácticas igualitaristas ancestrales quizás poco replicables…

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