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Paula Alarcón y José Sepúlveda: “El problema no es el diagnóstico de autismo, sino cuán inclusivas son las escuelas”

Los autores advierten que el debate sobre el espectro autista no debe centrarse en límites clínicos, sino en la capacidad del sistema educativo para acoger la diversidad y garantizar inclusión real.

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Fuente: Wazu

La comprensión del autismo ha recorrido un largo camino desde las descripciones de mediados del siglo XX hacia lo que hoy conocemos como autismo. Esta evolución respondió a la necesidad de reconocer que la neurodivergencia no se manifiesta de forma unívoca, sino a través de una inmensa variabilidad de expresiones y necesidades de apoyo. En este sentido, este concepto amplió la mirada y generó conciencia de que el autismo es más que los estrechos criterios del DSM. Sin embargo, la reciente postura de la destacada investigadora Uta Frith, quien ha sugerido que el concepto de espectro se ha expandido hasta un punto de «colapso» que diluye la precisión clínica, ha encendido las alarmas en las comunidades de personas autistas y profesionales de la educación. 

Frith plantea que incluir presentaciones más sutiles o con mayor camuflaje social podrían invisibilizar a quienes requieren apoyos más intensos. No obstante, cuando el debate se centra exclusivamente en los límites de una categoría diagnóstica, corremos el riesgo de perder de vista lo más relevante: las condiciones reales en las que las personas autistas participan en los espacios sociales y educativos.

Si nos centramos en el ámbito escolar, la discusión no debiera situarse en cuán amplio o acotado es el espectro (una preocupación legítima en la investigación clínica), sino que debería centrarse en si los entornos educativos son capaces de acoger la diversidad de formas de aprender, socializar y comunicar.  Durante años, muchas y muchos estudiantes han quedado fuera de la mirada educativa por no responder a definiciones estrechas o a ideas preconcebidas sobre cómo “debería ser” una persona autista.

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