Fuente: LUN
La reciente historia del animador argentino Mario Pergolini —quien adaptó un asistente conversacional para facilitar la vida de su madre ciega— reabrió el debate sobre los límites éticos y afectivos de la inteligencia artificial. El dispositivo, basado en un modelo altamente personalizado, le permite a la mujer orientarse en su hogar, conocer las noticias e incluso controlar rutinas cotidianas mediante la voz.
En este contexto, Daniela Alegría, académica de la Facultad de Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado y participante de la Semana de la IA UAH, contextualiza el fenómeno desde la filosofía moral. “Este tipo de sistemas funcionan como AI Extenders: aprenden continuamente de la usuaria mediante monitoreo y autosupervisión, ajustando ritmos, recordatorios o iluminación según sus necesidades cambiantes”, explica.
Sin embargo, advierte que esta relación no está exenta de matices. “Se trata de un entorno que puede volverse un exoesqueleto afectivo modelado por la historia concreta de la persona”, señala Alegría. Pero agrega que, pese a su potencial para entregar seguridad y acompañamiento, “la IA no debe entenderse como un sustituto de la interacción humana. Es limitada e impersonal: el verdadero cuidado sigue siendo humano”.
La reflexión surge en un momento en que tecnologías asistivas basadas en IA comienzan a expandirse hacia ámbitos de salud, accesibilidad y vida doméstica, tensionando las fronteras entre acompañamiento técnico y vínculo emocional.
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