Fuente: Cooperativa
Pacheco era un profesor del liceo de niñas de la ciudad donde vivíamos, y del que era estudiante mi hermana, en el sur del país. Era un hombre tranquilo, sin grandes ambiciones, y hacer clases no sólo era su fuente de sostenimiento sino aquello que, literalmente, podía llevarse sus días y, en ocasiones, también sus noches. Preparar clases, y revisar pruebas y trabajos, sobre todo, no era algo rápido; menos un asunto sin implicancias que pudiera hacerse así sin más.
Mi hermana era alegre, y estaba en medio de esa edad donde todo es florecer pero que, a vista del entorno, no es más que carencia en su adición, o adolescencia, como triste e irreflexivamente solemos repetir. No conforme, ella prefería pasar del insulto y reír, aunque a veces confesaba su molestia y, también, que no siempre estaba segura de lo que decía ni hacía lo que hubiese querido. Un enredo que, sin embargo, a ella no la enredaba ni le arrebataba el buen ánimo, cosa que siempre se agradecía.
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