Fuente: CIPER
Estimadas y estimados miembros de la Academia Chilena de la Lengua, asistentes, integrantes del jurado, premiados y premiadas:
Las circunstancias del destino han determinado que me encuentre viviendo fuera de Chile al conocer y recibir el reconocimiento con que se me honra esta tarde. Muy a mi pesar, no he podido estar presente, pero tengo el privilegio de ser representado por el editor de Ediciones Diego Portales, sello bajo el cual se publicó el libro “Letras torcidas. Un perfil de Mariana Callejas”, que hoy está siendo premiado.
Quienes nos ganamos la vida escribiendo y enseñando, quienes nos ganamos la vida con la palabra, somos herederos de una tradición intelectual y literaria cuyo prestigio se suele asentar en una narrativa en apariencia ajena a las letras. De hecho, muchos de los grandes escritores y escritoras ejercieron oficios mundanos antes de dedicarse a la escritura —o mientras se dedicaban a ella—, como si la escritura fuera una proyección de la vida, como si la experiencia de la vida real resultara fundamental para escribir algo literariamente valioso. En parte es cierto. Cómo pudo haber escrito Joseph Conrad lo que escribió de no ser por su oficio de marino mercante. Cuánto influyeron en la experiencia de escritura los días en que Raymond Chandler se ganó la vida encordando raquetas de tenis, cosechando frutas o trabajando para una empresa petrolera. ¿Acaso la pasta de la escritura de Donald Ray Pollock no está cimentada en su labor de casi tres décadas en una industria del medio oeste estadounidense que echaba humo por una chimenea y olía a resina?
¿Qué quiero decir con esto?
Hay en las biografías de los grandes escritores un pedigrí especial asociado a los oficios comunes que ejercieron, ojalá oficios rudos, ojalá oficios de clase obrera, oficios que se alejan —o a veces están en las antípodas— de las armas de un escritor. Que Roberto Bolaño haya trabajado como vigilante nocturno en un camping de Cataluña eleva su prestigio y su mito de escritor, como si eso le otorgara gallardía y una épica adicional a su escritura, algo digno de ser incorporado a las solapas de sus libros, como ocurre. ¿Cuál parece ser el mensaje velado en esas señas biográficas? Además de escribir, ese hombre, ese escritor, vivió, como si la escritura no fuese también una forma de vivir, como si vivir entre libros y letras no fuese también vivir, y basta pensar en Jorge Luis Borges o en Patricia Highsmith para hacernos una idea de eso último.
Otra vez: ¿qué quiero decir con todo esto?
Sin ningún ánimo compararme con los escritores antes nombrados, pienso en mi formación profesional, ligada únicamente —o casi únicamente— a las letras. No tengo nada épico que incorporar a mi biografía. No he ejercido otro oficio que la escritura, la escritura, la docencia y, sobre todo, el periodismo. Eso podría ser un epitafio: “Sólo ejerció el periodismo”, y peor aún, se podría agregar, “Sólo ejerció el periodismo de espectáculos”, la más degradada de las secciones y áreas del periodismo, después del periodismo de sociales, claro. Quizás ya es hora de que las solapas de mis libros digan: ejerció el periodismo de espectáculos, con una salvedad: lo ejerció en el área musical.
Justamente, eso es lo que quiero reivindicar hoy: el periodismo, oficio maltrecho y depreciado. Quiero reivindicar los años de entrenamiento de la escritura del día a día, esa trotadora de gimnasio que ejercita el músculo, la agilidad intelectual y, cuando se ejerce en serio, el sentido crítico al poder. En el periodismo del día a día nadie se toma meses ni semanas para escribir un artículo, con muchísimo respeto a los académicos y escritores de papers, y lo digo sin ninguna ironía, porque por lo demás yo me gano la vida en la academia. En el periodismo tenemos, cuanto más, un día, a veces dos y hasta tres, con mucha suerte, para reportear y escribir y publicar, y ya está, a lo próximo.