Fuente: El Mostrador
Nunca en la historia de la humanidad habíamos estado tan comunicados y, al mismo tiempo, tan solos y solas. Hoy tenemos acceso instantáneo a miles de personas a través de una pantalla, vivimos en ciudades densamente pobladas y nos movemos en entornos laborales hiperconectados. Y, sin embargo, la soledad avanza silenciosamente como una de las crisis de salud pública más urgentes del siglo XXI.
La Organización Mundial de la Salud no ha tardado en reconocerlo. En noviembre de 2023 creó una Comisión sobre Conexión Social, para abordar lo que ya califica como un problema de salud pública global. Actualmente, al menos 280 millones de personas en el mundo padecen depresión, un 18% más que hace una década. La depresión es actualmente la segunda causa de discapacidad a nivel mundial, y se estima que en 2030 será la primera si no existen cambios sustanciales en las estrategias para atenderla.
Estamos, en otras palabras, ante un fenómeno que no espera. Lo que hace especialmente complejo este escenario es que la soledad no distingue edades ni contextos.
¿Qué es exactamente la soledad? Aquí conviene detenerse, porque el lenguaje cotidiano suele confundirla con el aislamiento físico. La soledad es, ante todo, una experiencia subjetiva: la percepción de que los vínculos que tenemos no satisfacen nuestra necesidad de conexión genuina.
Se puede estar rodeado de personas y sentirse profundamente solo. Y ese estado, cuando se vuelve crónico, puede estar asociado a conductas autolesivas y suicidio, al deterioro del rendimiento y la convivencia escolar, y a episodios de violencia que no surgen de la nada, sino de trayectorias de desconexión y sufrimiento silencioso que nadie supo o pudo ver a tiempo.
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