Fuente: El País
Este 25 de abril se cumplieron 20 años desde el inicio de la ‘Revolución pingüina’, movimiento estudiantil que paralizó cerca de 100 establecimientos educacionales entre abril y junio de 2006. Iniciado por los estudiantes del Liceo A-45 Carlos Cousiño de Lota, quienes se tomaron su establecimiento reclamando mejoras urgentes de infraestructura, el movimiento convocó a miles de estudiantes secundarios. Era el primer año del primer Gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, y lo que evolucionó hacia una protesta que convocó a decenas de liceos para exigir la gratuidad del pase escolar y de la Prueba de Selección Universitaria para los tres primeros quintiles de la población escolar, entre otras demandas, se convirtió rápidamente en la exigencia de derogar la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza y una impugnación estructural del modelo educativo de mercado instalado durante la dictadura civil militar.
En ese momento, pocas personas lo percibieron con claridad, pero en retrospectiva es posible reconocer en aquellos meses de 2006 la aparición de una primera grieta visible en el mito del modelo neoliberal chileno, ese que Tomás Moulián diseccionó una década antes en Chile actual: anatomía de un mito.
La ‘Revolución pingüina’ inauguró una trayectoria de rupturas que no estuvo exenta de contradicciones. Por un lado, marcó la irrupción de una nueva generación de actores políticos post-transición, cuya estela se proyectó con nitidez hacia el movimiento estudiantil del 2011 y, desde allí, hacia el estallido social de octubre de 2019. Por otro lado, las postrimerías de la movilización de 2006 vieron emerger, con la aprobación de reformas significativas como la Ley General de Educación (2009) y la creación del Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad en 2011, el agudizamiento de un enfoque de rendición de cuentas con altas consecuencias como eje de la política educativa. Esta nueva arquitectura institucional, planteada como respuesta tecnocrática a las demandas sociales, terminó operando, en varios sentidos, como un sustituto de la transformación estructural que el movimiento exigió inicialmente. La ruptura, en suma, fue real, pero también fue capturada.
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