Fuente: El País
Este miércoles se conmemora en Chile el Primer Día Nacional de la Educación Sexual Integral (ESI). Según sus organizadores, esta iniciativa busca promover la ESI como “un derecho humano fundamental”, abarcando dimensiones como la afectividad, el autocuidado, la diversidad y la prevención de la violencia. Resulta llamativo que se convoque para esa jornada “la clase de ESI más grande de Chile” en pleno Paseo Bulnes, es decir, justo frente al Palacio de La Moneda, sede de un Gobierno que no ha ocultado su distancia o incomodidad respecto de este dispositivo educacional.
Desconozco cuáles serán las metodologías para transformar un espacio público en un aula efectiva. Sin embargo, es fácil anticipar caricaturas sobre la ESI: estudiantes desordenados guiados por docentes asociados a una supuesta agenda ideológica. Este tipo de representaciones desplaza el debate hacia lo ‘normal’ o ‘ideológico’, alejándolo de su dimensión educativa. Medios y redes probablemente oscilarán entre dos relatos: la celebración de una resistencia cultural o la denuncia de una amenaza a los valores tradicionales. Ambos enfoques convierten la discusión en un campo de batalla amplificado por las redes sociales, donde la educación sexual se vuelve un símbolo central de la llamada ‘guerra cultural’.
Sin embargo, permanecer en ese plano impide analizar el problema desde una perspectiva genuinamente educativa. Más allá de si la ESI constituye o no un derecho existen cuestiones de fondo y de forma que suelen quedar fuera de la disputa pública. Tal como sostienen S.J. Dodd y Deborah Tolman (2017) la educación sexual no puede separarse ni de la evidencia científica ni de las prácticas concretas en las que ocurre. Lo primero suele ser bien movilizado por el activismo favorable a la ESI; lo segundo, en cambio, muchas veces queda relegado.
No todas las escuelas cuentan con las mismas herramientas para abordar la sexualidad. No todas las comunidades educativas viven las mismas experiencias ni enfrentan idénticos desafíos. Tampoco son iguales las condiciones familiares, culturales o religiosas que rodean esas experiencias. Sin embargo, el debate político -y especialmente la crítica a la ESI- tiende a operar sobre supuestos homogéneos, como si todas las escuelas fueran equivalentes y como si los niños, niñas y adolescentes constituyeran una realidad uniforme.
¿Cómo enfrentar entonces este desafío? No existe una respuesta sencilla, especialmente en un país marcado por una profunda segregación escolar como Chile. Y considerando que, al menos en el corto plazo, parece improbable contar con una ley robusta de ESI y recursos suficientes para equiparar capacidades pedagógicas entre escuelas, quizá convenga mirar con mayor atención las prácticas y experiencias que ya existen en ellas. Porque una cosa es evidente: la educación sexual está presente en todas partes. Permanentemente recibimos mensajes sobre cómo debemos ser, desear, relacionarnos y comportarnos en materia de sexualidad. El problema no es entonces si existe o no educación sexual escolar, sino qué tipo de educación sexual estamos transmitiendo y quiénes participan en esa conversación.
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