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Daniela Alegría, académica de Filosofía y Humanidades: “Hay personas que se enamoran de su chatbot, o los consideran amigos”

La académica y doctora en Filosofía investiga por qué las personas creyentes consultan con más frecuencia a la inteligencia artificial sobre sus dilemas morales, y advierte sobre los riesgos de atribuirle una autoridad ética que no le corresponde.

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Fuente: Cooperativa

Se podría pensar que las personas religiosas serían más reticentes a usar la inteligencia artificial para resolver sus dudas cotidianas. Al fin y al cabo, distintas autoridades eclesiásticas —incluido el propio Papa, en sus encíclicas— han llamado a mirar con cautela el avance de estas tecnologías, advirtiendo sobre sus riesgos de deshumanización. Sin embargo, la investigación que desarrolla Daniela Alegría, directora de la Licenciatura en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, muestra exactamente lo contrario.

“Lo que vemos en las investigaciones es que las personas religiosas tienen una propensión a preguntarle más al chatbot qué es lo que está bien y lo que está mal”, explica la académica. Y no se trata de consultas sobre textos sagrados o dogmas, sino de dilemas morales cotidianos: si está bien o mal actuar de cierta manera frente a un conflicto familiar, por ejemplo.

Para Alegría, la explicación tiene que ver con un hábito ya instalado en las comunidades de fe: la costumbre de acudir a una autoridad —un sacerdote, un guía espiritual— para preguntar qué es correcto. La inteligencia artificial, dice, ha venido a ocupar ese mismo lugar, con una ventaja adicional: no juzga, y está disponible a cualquier hora del día. “La IA pareciera ser que no nos juzga. Uno puede explayarse, sentirse escuchado”, señala.

A eso se suma algo más profundo: la tendencia humana a atribuir cualidades casi divinas a la tecnología. La académica compara este fenómeno con la costumbre de atribuir conciencia a objetos inanimados —desde ponerle nombre al auto hasta los robots que acompañan a adultos mayores en Japón— y advierte que la IA reúne varios de esos atributos: parece saberlo todo, no tiene cuerpo y está siempre disponible.

Este vínculo no está exento de riesgos éticos. El primero es la manipulación: como la guía que entrega un chatbot no es neutra, la persona puede terminar convencida de que lo que le dice la máquina es más razonable que su propio juicio. El segundo, más de fondo, es que se le atribuya al chatbot una autoridad moral que no le corresponde. “Los chatbots no pertenecen al universo moral ni tampoco son responsables como una persona lo es”, afirma Alegría, algo que a su juicio queda en evidencia en aplicaciones como Santos por Chat, desarrollada en Chile, que permite “conversar” con figuras como Francisco de Asís o Teresa de Calcuta a través de un modelo de lenguaje. “Realmente yo no estoy chateando con Francisco de Asís”, advierte, y agrega que el problema es que la persona puede terminar compartiendo información privada creyendo que conversa con un santo.

La académica observa esta dependencia también en sus propias clases: cuenta que, durante un debate en aula, sorprendió a estudiantes consultando el celular para que el chatbot les dictara qué responderle al compañero de al lado. Para ella, ese es el síntoma de un problema mayor. “Tenemos que volver a leer por nuestra cuenta, a pensar y ver qué está bien y qué está mal, de acuerdo con lo que nosotros creemos, no con lo que nos dicen externamente”, sostiene.

“Hay personas que se enamoran de su chatbot, o los consideran amigos”, cierra la académica, reconociendo que incluso a ella, como investigadora del fenómeno, esa cercanía a veces la inquieta: “uno se asusta, porque de repente sabe demasiado”.

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