Fuente: Palabra Pública
En nuestra sociedad, el nombre de Frankenstein opera como un símbolo que desborda con creces la novela original. Se invoca cada vez que un avance científico parece transgredir las fronteras de lo natural, desde los alimentos genéticamente modificados —rebautizados como frankenfoods— hasta los debates éticos sobre clonación, terapias génicas o manipulación de células madre. Incluso en las discusiones sobre armas químicas, biológicas o nucleares, la figura concebida por Mary Shelley reaparece a modo de advertencia. El imaginario colectivo ha llegado al extremo de denominar “Frankenstein” a la criatura y no a su creador. Este desplazamiento persistente, lejos de ser un mero error, revela una intuición profunda, a saber, que creador y criatura conforman un solo sistema, en el que el monstruo encarna los excesos, las omisiones y las cegueras del científico que le dio origen. Frankenstein (1818) nos ayuda a comprender nuestra relación con las criaturas artificiales, ya sean chatbots, robots, entornos inteligentes u otros dispositivos tecnológicos y el miedo a que operen fuera de control. Sin embargo, junto a ese temor opera en nosotros un deseo opuesto y complementario, a saber, el de fascinarnos y fundirnos con esas mismas criaturas.
Apenas dieciocho meses antes de empezar a escribir la novela, Mary Shelley había tenido a su primera hija, una niña prematura que murió a las dos semanas. Aquel acontecimiento alimentó un sueño recurrente que la autora consignó en sus diarios: “Soñé que mi pequeña bebé volvía a la vida, que solo estaba fría y que, al frotarla junto al fuego, vivía. Despierto, y no hay bebé”. Shelley tuvo cuatro hijos y solo uno llegó a la edad adulta. Parece evidente que la figura del monstruo que retorna de la muerte fue imaginada, al menos en parte, desde la fantasía de devolver la existencia a sus propios hijos.
La muerte la perseguía en sueños y en los largos periodos de insomnio que registran sus diarios. Tras el fallecimiento de su hijo William escribió: “Sentí que el mundo se abría bajo mis pies como arenas movedizas”. La tragedia continuó en 1822 con la muerte de Percy Bysshe Shelley, su esposo, en un naufragio frente a las costas italianas. El cuerpo apareció días después, ahogado y desfigurado por el mar. Tras la cremación improvisada en la playa, fue sepultado en el mismo cementerio donde yacía William. Mary no asistió a la ceremonia porque los funerales públicos eran entonces un ámbito reservado a los hombres. Se cuenta que un amigo rescató el corazón intacto del poeta de entre las llamas y se lo entregó. Mary lo envolvió en una hoja manuscrita con un poema de Percy y, durante años, viajó con ese corazón endurecido. Acumulaba además cartas, mechones de cabello, fragmentos materiales que funcionaban como una “familia inanimada”, una memoria portátil de los suyos. Su madre, la filósofa Mary Wollstonecraft, había muerto diez días después de tenerla, el 10 de septiembre de 1797. Solo décadas más tarde se comprendería que la sepsis puerperal era una causa frecuente de mortalidad en partos sin condiciones mínimas de higiene.
Mary aprendió a leer descifrando el nombre grabado en la tumba de su madre. Visitaba el cementerio desde muy pequeña para leer allí los libros de sus padres, y años más tarde ese lugar sería también escenario de su vida amorosa. Vivió, en suma, una existencia atravesada por cuerpos ausentes, extraviados, intervenidos. En la Inglaterra de su época, los cadáveres de los condenados ejecutados se entregaban a las escuelas de medicina para su disección, pero la demanda excedía con creces la oferta porque se necesitaban cerca de quinientos cuerpos al año para la enseñanza anatómica, y solo cuatro criminales solían ser ejecutados en ese mismo periodo. Surgió entonces un mercado clandestino donde bandas organizadas desenterraban cuerpos recién sepultados o los compraban a familias en pobreza extrema. Cuando Mary tenía doce años, su padre, el filósofo William Godwin, publicó Ensayo sobre los sepulcros, una reflexión sobre la dignidad de los muertos y los crímenes ligados al saqueo de tumbas. Mary creció en un ambiente intelectual donde la apropiación y la profanación de los cuerpos eran objeto de debate político y filosófico.
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