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Daniela Alegría, académica de Filosofía y Humanidades: “¿Qué dejamos de hacer cuando confiamos ciegamente en la IA?”

La columna reflexiona sobre la creciente confianza depositada en la inteligencia artificial y plantea que, más allá de su capacidad para responder preguntas, comprender la experiencia humana sigue siendo una tarea que exige pensamiento crítico, juicio ético y responsabilidad compartida.

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Fuente: The Clinic

Si tuvieras que aventurar una respuesta, ¿dirías que las personas más religiosas recurren a la IA para pedir consejos morales más o menos que el resto?

El papa León XIV advirtió hace pocas semanas, en su encíclica “Magnifica Humanitas“, sobre el peligro de tratar a la inteligencia artificial como un oráculo. La Iglesia católica ha marcado límites claros: la IA plantea diversos problemas para la dignidad humana y la convivencia social como la deshumanización, la erosión de la verdad, la desinformación, la falta de responsabilidad o el colonialismo digital, entre otros. Autoridades del islam suní y del protestantismo estadounidense han dicho cosas parecidas. La intuición sugiere que las personas religiosas serían las más reacias a dejar que una máquina opine sobre lo que está bien y lo que está mal.

Un estudio reciente de investigadores de Boston College, University of Utah y Northeastern University (Huiting Zheng et al., 2026) muestra lo contrario. En dos muestras representativas de Estados Unidos, mientras más religiosa es una persona, más dispuesta está a pedirle un consejo moral a un chatbot. El efecto se mantiene al descontar factores como la educación o la orientación política, y es más fuerte entre quienes rezan y asisten a servicios religiosos con regularidad.

La explicación que ofrecen los autores es que en la vida religiosa se acostumbra a consultar. Quien crece pidiendo orientación a un texto o a un guía espiritual desarrolla el hábito de buscar respuestas fuera de sí mismo. El chatbot, en este caso, se suma a esa lista. No obstante, esto es problemático porque los creyentes tienden a percibir a la IA como una autoridad moral legítima, es decir, como una fuente confiable y válida frente a los dilemas éticos. La cuestión es que la autoridad moral, entendida en sentido estricto, se debe dar en una relación entre personas que pueden dirigirse exigencias y pedirse cuentas mutuamente. Un chatbot no puede rendir cuentas porque no forma parte de la comunidad moral ni puede ser responsable de lo que aconseja, simplemente genera la respuesta más probable dado un conjunto de palabras.

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