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Cristián del Campo SJ examina cómo Magnifica Humanitas vincula el desarrollo de la inteligencia artificial con las desigualdades globales, visibilizando los costos humanos y ambientales que sostienen la revolución tecnológica contemporánea.
Fuente: El Mercurio
En “Be Right Back”, uno de los mejores capítulos de la serie británica Black Mirror, una joven viuda llamada Martha contrata un servicio que reconstruye a su marido muerto. Primero a partir de sus mensajes, luego de su voz, finalmente como un androide físicamente idéntico a él. La simulación es casi perfecta, pero el cuerpo sintético no respira de noche ni envejece.
El exceso de perfección lo delata. Martha termina escondiendo al androide en el altillo y solo permite que su hija lo vea el día de su cumpleaños. Al final, ninguna réplica devuelve la presencia real.
Cuando en Magnifica humanitas el Papa León XIV afirma que las inteligencias artificiales “no tienen cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones” (n. 99), no se refiere apenas a una diferencia técnica entre humanos y máquinas. Una persona no es una mente que habita de paso un organismo. Aprende, ama y sufre desde una existencia encarnada. Por eso la encíclica mira con sospecha la promesa transhumanista de dejar atrás los límitesbiológicos: la vejez, la enfermedad y la muerte aparecen allí como fallas que la técnica debería corregir, y el ser humano queda reducido a un objeto mejorable.
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