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Sonia Brito, académica de Ciencias Sociales: “El desprecio a las humanidades y las ciencias sociales nunca es inocente”

La autora de esta columna responde a los dichos del Presidente Kast que criticó las investigaciones académicas preguntándose cuántos trabajos generan. «La pregunta verdadera no es cuántos empleos genera una investigación. La pregunta es qué tipo de sociedad emerge cuando el conocimiento se considera legítimo únicamente si puede demostrar utilidad económica inmediata. Y la respuesta es inquietante, emerge una sociedad intelectualmente más pobre, políticamente más frágil y culturalmente más subordinada al mercado», sostiene.

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Fuente: Ciper

“A veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la
biblioteca. ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno.” La frase de José Antonio Kast representa una definición
ideológica extremadamente precisa sobre qué formas de conocimiento merecen existir y cuáles deben ser
consideradas un gasto inútil. Detrás de esa aparente preocupación por la eficiencia se despliega una
concepción empobrecida de la vida intelectual, de la universidad y, en última instancia, de la democracia misma.
La operación es brutalmente simple, si una investigación no produce empleos inmediatos, entonces carece de
valor social. El criterio parece razonable porque utiliza el lenguaje de la urgencia económica y del sentido
común administrativo. Sin embargo, lo que hace es reducir toda actividad humana a una lógica de rentabilidad
inmediata donde adquiere legitimidad aquello que puede traducirse rápidamente en productividad, ganancia
o utilidad material cuantificable. Todo lo demás, pensamiento crítico, reflexión histórica, producción teórica,
análisis social, filosofía, arte, humanidades queda desplazado hacia el territorio de lo ornamental, de lo
accesorio, de lo sospechosamente inútil.


El “libro precioso” aparece como un objeto ridículo, inservible, como símbolo de una élite improductiva que
consume recursos públicos sin devolver nada tangible. La biblioteca es presentada casi como un cementerio de
vanidades intelectuales financiadas por ciudadanos “reales” que sí trabajan y producen. Refiere a un desprecio
hacia ciertos tipos de investigación y es una desconfianza más amplia hacia cualquier forma de conocimiento
que no se subordine completamente a la lógica económica.


Este discurso se ha convertido en el horizonte dominante desde el cual se evalúa el conocimiento. La
universidad neoliberal no necesita quemar libros ni censurar autores, le basta con exigir rentabilidad
permanente. El mecanismo es mucho más eficiente, las disciplinas comienzan a competir por financiamiento
bajo criterios de productividad económica, impacto cuantificable y aplicabilidad inmediata, lo que no puede
traducirse en indicadores pierde legitimidad institucional. La frase de Kast la expresa de manera descarnada.

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