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Sonia Brito y Lorena Basualto, académicas de Ciencias Sociales: “El nacionalismo instala desconfianza hacia quienes son considerados diferentes, extranjeros o disidentes”

La columna reflexiona sobre cómo la cobardía política y la violencia institucional se expresan en guerras, exclusión social, retrocesos en derechos y desigualdades estructurales, cuestionando el ejercicio del poder que vulnera derechos humanos bajo discursos de seguridad, progreso y estabilidad.

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Fuente: Le Monde Diplomatique

Hay momentos en que el lenguaje no admite eufemismos. Cuando el poder decide sobre la vida de otros desde la comodidad, el privilegio y la distancia, nombrar se transforma en un acto político. Sabemos que cobardía y vergüenza son palabras incómodas para describir decisiones, puesto que son elecciones conscientes.

La cobardía, en este contexto responde a una práctica estructural del poder. Es una forma de gobernar que se refugia en discursos de responsabilidad fiscal, seguridad nacional o estabilidad política mientras profundiza la desigualdad, la violencia y el despojo, nombrarla implica resistir la naturalización de lo injustificable.

Es cobardía enviar a la guerra a los hijos y las hijas de otros, es cobardía asesinar niños, niñas y mujeres bajo discursos de defensa y control, es cobardía sostener genocidios amparados en un poder masculinista y megalomaníaco, donde la violencia se legitima como acción política y la vida pierde centralidad. No existe heroísmo en la destrucción planificada de cuerpos, pueblos y territorios, existe, en cambio, un ejercicio brutal del poder patriarcal que se reproduce con total impunidad.

La cobardía adquiere otras formas cuando, en nombre de la paz o del crecimiento económico, se saquean territorios por petróleo, minerales y recursos estratégicos. Se destruyen ecosistemas, se agotan suelos y se consolidan zonas de sacrificio donde la vida se vuelve prescindible. Todo se justifica mediante informes técnicos, promesas de progreso y lenguajes cuidadosamente neutrales que buscan despolitizar el daño. La distancia vuelve a ser decisiva, puesto que quienes toman las decisiones no habitan los territorios devastados ni enfrentan las consecuencias de sus actos.

En este escenario, el nacionalismo funciona como un escudo simbólico donde se instala la desconfianza hacia las otredades, hacia quienes son considerados diferentes, extranjeros o disidentes. Así se construye un nosotros homogéneo y ficticio que oculta las desigualdades estructurales y legitima prácticas de control, exclusión y saqueo.

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