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Conversatorio UAH: ¿Qué papel tienen las redes de cuidado y las comunidades de fe en la salud mental de las personas LGBTI+?

Especialistas de distintas disciplinas coincidieron en que la discriminación, y no la diversidad sexual o de género, es uno de los principales factores que afectan la salud mental de la comunidad, destacando el rol de los grupos de fe y apoyo en la construcción de espacios de acogida y reparación.

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Como parte de las actividades del Mes del Orgullo 2026, la Universidad Alberto Hurtado realizó el conversatorio “Redes de cuidado y salud mental de las personas LGBTI+”, un diálogo organizado por la Dirección de Género, Diversidad y Equidad que reunió a personas expertas en teología, pastoral y salud mental en torno a cómo construir espacios de acogida, pertenencia y cuidado para las personas LGBTI+. 

Realizada en la Sala Bellarmino, la actividad contó con la participación de Juan Nebot, investigador postdoctoral de la Facultad de Psicología UAH; Diego Castillo, coordinador de la Pastoral de la Diversidad Sexual (PADIS+); Tatiana Arredondo, pastora y teóloga feminista cuir de la Comunidad Abrazo Disidente; y Constanza Pantoja, coordinadora de Salud Mental y Convivencia de la Dirección de Asuntos Estudiantiles (DAE).  

Al dar la bienvenida, la directora de Género, Diversidad y Equidad, Valentina Nilo, destacó la importancia de reflexionar sobre el rol de las comunidades en el cuidado de la salud mental. En ese sentido, señaló que “la pregunta por la salud mental es ética y comunitaria”, agregando que “las redes de cuidado no comienzan cuando una persona se quiebra; comienzan cuando construimos un lugar donde nadie tenga que quebrarse”. 

Ese diagnóstico fue compartido desde distintas disciplinas. Desde la investigación, Juan Nebot explicó que la evidencia demuestra que las mayores dificultades de salud mental en la población LGBTI+ no provienen de la orientación sexual o la identidad de género, sino de la discriminación, el rechazo y el estigma que enfrentan cotidianamente. “El efecto que tiene esa discriminación es lo que provoca un estrés añadido en nuestra vida y luego acarrea una peor salud mental”, sostuvo, a la vez que catalogó como uno de los principales factores protectores el apoyo social y comunitario. 

Esa idea encontró eco en la experiencia de las comunidades de fe. Tanto Diego Castillo como Tatiana Arredondo coincidieron en que muchas personas llegan heridas a espacios pastorales por haber recibido mensajes de exclusión, precisamente, desde ámbitos religiosos: “La pregunta ya no es solamente quién soy, sino si puedo seguir siendo amado por Dios siendo quien soy”, puntualizó Castillo, como reproduciendo las inquietudes que suelen expresar quienes llegan a PADIS+. 

En ese sentido, desde su experiencia, remarcó que el objetivo no es reemplazar el trabajo psicológico, sino ofrecer un espacio seguro donde las personas puedan volver a sentirse parte de una comunidad. “Nosotros no suplimos a los especialistas en salud mental. Lo que hacemos es escuchar, estar y acompañar”, destacando que reconocerse en otras personas —ver el rostro de Cristo en el otro— y compartir la experiencia de la fe permite iniciar procesos de reparación que luego pueden continuar y profundizarse junto a profesionales de la salud mental. 

Tatiana Arredondo ahondó en esa reflexión desde una perspectiva teológica, advirtiendo que el sufrimiento no nace de la diversidad sexual, sino de la exclusión. “Esto no proviene de ser diverso o disidente: proviene de personas y sistemas que todavía no han entendido el mensaje del amor al prójimo”, remarcó. En esa línea, defendió la necesidad de construir comunidades afirmativas, donde las personas puedan vivir plenamente su identidad sin ocultar aspectos de sí mismas. “Cuando una persona encuentra una comunidad afirmativa, donde puede ser reconocida integralmente, deja de vivir fragmentada y ya no necesita separar partes de sí misma para ser aceptada”, añadió. 

Ambos panelistas, Diego y Tatiana, coincidieron también en que el acompañamiento espiritual debe entenderse como un complemento, no un reemplazo, del trabajo terapéutico. Mientras Diego contó que las pastorales cumplen una función de acogida y derivación cuando es necesario, Arredondo fue enfática al aseverar que “mi trabajo es sanar la relación de la persona con la divinidad. Eso ayuda a mejorar la salud mental, pero tiene que ir acompañado de un especialista”. 

Desde el ámbito universitario, Constanza Pantoja recogió ese mismo énfasis en el trabajo articulado entre distintas redes de apoyo. Explicó que la Unidad de Salud Mental y Convivencia de la DAE busca ofrecer espacios donde las preguntas sobre identidad y sexualidad puedan elaborarse “sin orientarlas a un juicio moral, una validación predeterminada o un imperativo de cambio”, y subrayó que el principal desafío institucional sigue siendo fortalecer la articulación con organizaciones especializadas para responder de mejor manera a las necesidades del estudiantado. 

La conversación continuó con preguntas del público sobre el rol de las iglesias frente a las personas LGBTI+, las recientes declaraciones del Papa León XIV y las posibilidades de construir comunidades cristianas más inclusivas. Tanto Diego Castillo como Tatiana Arredondo coincidieron en que, más allá de las posiciones institucionales, la experiencia comunitaria demuestra que es posible vivir la fe desde espacios de acogida y reconocimiento, reafirmando que las comunidades religiosas también pueden transformarse en redes de cuidado capaces de acompañar procesos de reparación y bienestar. 

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