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Daniela Alegría, académica de Filosofía y Humanidades: “Los recortes por responsabilidad son una reacción para deslegitimar”

Daniela Alegría, académica de la Universidad Alberto Hurtado, analiza el debate sobre financiamiento público a la cultura y la investigación, advirtiendo que las críticas de sectores conservadores reflejan prejuicios hacia la diversidad, la pluralidad y las transformaciones sociales más que una preocupación real por el gasto fiscal.

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Fuente: Le Monde Diplomatique

Cada cierto tiempo surge desde sectores conservadores una nueva alarma por el supuesto despilfarro de recursos públicos en cultura, investigación o proyectos académicos. Se menciona una cifra llamativa, se exagera su impacto, se ridiculiza el nombre de una investigación o de una actividad cultural y se instala la impresión de que el Estado estaría financiando caprichos absurdos mientras existen necesidades más urgentes. A primera vista, podría parecer una preocupación razonable por el buen uso del dinero público, pero si se observa con más atención aparece un patrón bastante claro. No estamos frente a una discusión seria sobre eficiencia fiscal, sino ante una forma de sospecha selectiva que recae una y otra vez sobre ciertos temas específicos, especialmente aquellos relacionados con la sexualidad, la diversidad o las transformaciones sociales.

Si el problema fuera realmente el uso responsable de recursos, la crítica sería constante respecto del conjunto del gasto estatal. Sin embargo, lo que suele ocurrir es otra cosa. La indignación se concentra con fuerza en proyectos que cuestionan visiones tradicionales del mundo o que visibilizan experiencias que ciertos sectores consideran incómodas. Así, el conicto deja de ser simplemente económico y comienza a revelar una cuestión más profunda, vinculada a la manera en que algunos grupos entienden la sociedad, la moral y aquello que consideran aceptable dentro del espacio público.

En muchos casos, esta forma de reaccionar no nace solo de una diferencia política, sino también de trayectorias sociales bastante estrechas. Buena parte de las élites conservadoras chilenas han vivido y se han educado en espacios marcados por una fuerte segregación. Colegios similares, barrios socialmente homogéneos donde no llega la micro, círculos de convivencia reducidos y experiencias limitadas con formas de vida distintas producen muchas veces una mirada restringida sobre la sociedad. Cuando una persona crece en contextos donde la diversidad social, cultural o moral apenas aparece, resulta más fácil que perciba como amenaza aquello que simplemente desconoce. La diferencia no se vive como parte normal de una comunidad democrática, sino como algo extraño que genera distancia o temor. Si el problema fuera realmente el uso responsable de recursos, la crítica sería constante respecto del conjunto del gasto estatal. Sin embargo, lo que suele ocurrir es otra cosa. La indignación se concentra con fuerza en proyectos que cuestionan visiones tradicionales del mundo o que visibilizan experiencias que ciertos sectores consideran incómodas. Así, el conflicto deja de ser simplemente económico y comienza a revelar una cuestión más profunda, vinculada a la manera en que algunos grupos entienden la sociedad, la moral y aquello que consideran aceptable dentro del espacio público.

En muchos casos, esta forma de reaccionar no nace solo de una diferencia política, sino también de trayectorias sociales bastante estrechas. Buena parte de las élites conservadoras chilenas han vivido y se han educado en espacios marcados por una fuerte segregación. Colegios similares, barrios socialmente homogéneos donde no llega la micro, círculos de convivencia reducidos y experiencias limitadas con formas de vida distintas producen muchas veces una mirada restringida sobre la sociedad. Cuando una persona crece en contextos donde la diversidad social, cultural o moral apenas aparece, resulta más fácil que perciba como amenaza aquello que simplemente desconoce. La diferencia no se vive como parte normal de una comunidad democrática, sino como algo extraño que genera distancia o temor.

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