Fuente: El Mostrador
Desde hace un tiempo, la crisis de natalidad se ha instalado en la agenda pública como un asunto relevante y prioritario. En buena hora. Desde hace años, especialistas vienen advirtiendo sobre la sostenida caída de los nacimientos en nuestro país. Desde la perspectiva económica y de las políticas públicas, el principal desafío radica en el desequilibrio que se genera entre la población activa y la población dependiente. Sin embargo, detrás de esta discusión existe un problema aún más profundo: la creciente ausencia de horizonte y de expectativas de futuro entre las nuevas generaciones.
A mi juicio, ese es un problema incluso más grave que la baja natalidad. Mientras esta última plantea, principalmente, desafíos económicos y de adaptación institucional, la falta de oportunidades para los jóvenes constituye también un problema ético. Una sociedad puede reorganizarse frente a cambios demográficos; resulta mucho más difícil hacerlo cuando quienes deberían construir el futuro dejan de creer en él.
Es deseable que exista una tasa de reemplazo poblacional equilibrada. Desde luego, una natalidad excesivamente alta también genera importantes tensiones: mayores niveles de pobreza, incremento del desempleo juvenil, presión sobre los servicios públicos y una sobreexplotación de los recursos naturales. Por ello, cabe preguntarse si una disminución de la natalidad constituye, en cualquier circunstancia, una tragedia.
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