“Si podemos eliminar casi cualquier esfuerzo, ¿cómo creen que debemos decidir cuáles vale la pena conservar?”. Así cerró su charla magistral la directora del Instituto de Data Science de la Universidad del Desarrollo e integrante del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas, Loreto Bravo. Minutos antes se había definido como “una fanática de la optimización y de la inteligencia artificial”. Su conclusión iba en otra dirección.
Durante las ocho horas siguientes, en cuatro salas del Campus Patrimonial y una plataforma en línea, más de veinte actividades de la II Semana de la Inteligencia Artificial UAH, “Magnificar la humanidad: colaborar por una IA para el bien común”, intentaron responder desde el derecho, la ingeniería, la sociología, la filosofía, el periodismo y la gestión pública.
El rector Cristián del Campo SJ había fijado el marco en la inauguración, a partir de la primera encíclica del Papa León XIV. Recordó que las personas “maduramos gracias a otros y muchas veces gracias a nuestros propios límites”, y advirtió que una sociedad que trata el límite como una falla “tarde o temprano va a tratar como un problema a quienes son más frágiles”.
En un debate universitario que ha privilegiado la infraestructura y la velocidad de adopción, la Universidad Alberto Hurtado propone situar a las humanidades y las ciencias sociales en el momento en que se decide qué tecnología usar, para qué y con qué resguardos. Porque, en palabras del rector, “un sistema que toma decisiones sobre personas necesita a quienes llevan años estudiando a las personas”.
Usar la IA para aprender
En la Sala de Litigación, Claudio Agüero, académico del Departamento de Derecho Público, mostró cómo diseñar una IA que acompañe el aprendizaje en lugar de reemplazarlo. Presentó “La pipa de Guastini”, un tutor para el curso de Teoría General del Derecho, construido con las lecturas del curso y un banco de 300 preguntas. Su nombre alude a Riccardo Guastini, filósofo italiano de la Universidad de Génova, cuya teoría de la interpretación jurídica se estudia en ese curso. A este tutor se suma un segundo, dedicado a la interpretación de contratos. A diferencia de un asistente de uso general, ninguno de los dos entrega respuestas hechas: proponen ejercicios, corrigen los errores, dan una nueva oportunidad para intentarlo y reconocen cuándo no tienen información suficiente para responder.
Lo que Agüero aplicó a la docencia, la estudiante de Derecho Millaray Gómez lo llevó a la investigación. En su laboratorio propuso la figura del “investigador centauro”, en el que persona y máquina trabajan juntas y el juicio sigue siendo de quien investiga. También defendió el valor de discutirlo en comunidad, especialmente para “quienes somos estudiantes, que muchas veces estamos construyendo y afinando nuestro pensamiento, y otras perspectivas nos ayudan muchísimo”.
En la Biblioteca UAH, Manuel Bustos, jefe de Servicios a Usuarios, tradujo ese mismo principio en cuatro reglas para los más de 20 asistentes a su taller: 1. verificar antes de citar; 2. leer las fuentes originales; 3. proteger la información personal y 4. respetar la autoría.
Desde la ingeniería, la pregunta fue otra: no cómo usar la IA, sino hasta dónde confiar en ella. Camilo Pérez, académico de la Facultad de Ingeniería, examinó los alcances y límites del machine learning para anticipar el riesgo de reprobación cuando se cuenta con pocos datos, una advertencia sobre cuánto puede predecir un modelo antes de que su resultado se convierta en decisión.
Pero no todos llegan a la IA en las mismas condiciones. En la apertura, luego de las palabras del rector Cristián del Campo SJ, Valtencir M. Mendes, jefe de Educación de UNESCO Santiago, recordó que seis de cada diez estudiantes de América Latina no alcanzan las competencias básicas en lenguaje, matemáticas y ciencias, y advirtió que el efecto de estas herramientas depende de esa base: “Si nuestros estudiantes tienen menos capacidades fundamentales y llegan a usar esta máquina sin esta base sólida, pues obviamente hay mucho más riesgo de esta deuda cognitiva“.
Frente a esa brecha, otras voces pusieron el acento en el acceso. El comunicador Nicolás Copano llamó a “democratizar las herramientas” para que las y los estudiantes integren un escenario “que tiene mucho futuro, pero que también inquieta porque es el presente”. Ana María Raad, fundadora de Fundación Reimagina y reconocida en 2026 como Emprendedora Social del Año por la Fundación Schwab y el Foro Económico Mundial, habló de llevar la innovación educativa a escala sin perder de vista que la IA “nos lleva a cuestionarnos si hoy somos capaces de escuchar otras voces, y ahí la educación es el camino absoluto”.
La mirada desde la industria llegó en línea desde Nueva York. Alejandro Matamala, diseñador chileno, cofundador y director de Diseño de Runway, estudió en la Universidad de Nueva York la relación entre inteligencia artificial y creatividad, y hoy lidera Runway Labs, la incubadora de la compañía que prototipa aplicaciones de video generativo para áreas como el cine, la salud y la educación. Desde esa experiencia conversó con la decana de la Facultad de Educación, María Teresa Rojas, sobre las oportunidades de la IA para la educación del futuro.
Entre el esfuerzo que Bravo pidió conservar y la escala que exploran Raad y Matamala no hay una contradicción necesaria, pero sí una pregunta de diseño: qué herramientas, para quién y sobre qué base previa. La UAH ya trabaja en esa respuesta: la Dirección de Formación, dependiente de la Vicerrectoría Académica, ofreció una sesión en línea sobre cómo aplicar los “Lineamientos de uso responsable de inteligencia artificial de la Universidad en las actividades curriculares”. La jornada sumó, además, un taller práctico de herramientas de IA a cargo de José Gardiazabal, de Amazon Web Services.
No basta con regular la IA
En la Sala Bellarmino, José Patricio Urriola, cofundador de la Fundación Abriendo Datos, cientista político UAH y Premio Alumni 2023, junto a Fabián Pressacco, director de la carrera de Administración Pública, lanzaron Sandbox.Chile, “un pilotaje que busca tener un ambiente controlado para probar antes de adoptar IA en servicios públicos”, explicó Urriola. El primer piloto está previsto para fines de 2026, y para 2027 se proyecta su escalamiento.
Cuatro horas después, tres estudiantes presentaron una investigación que apunta en la misma dirección. Se trata de Benjamín Fernández, de Administración Pública y coordinador del Hub IA UAI, e Ignacio Muñoz y Diego Molina, de Ingeniería. Su trabajo explora modelos de IA explicable para la focalización social en Chile y Uruguay, que permitan a fundamentar por qué una familia cercana al umbral recibe o no un beneficio. “Buscamos que una inteligencia artificial explicable pueda medir los beneficios que otorga el Estado y ayudar a los funcionarios públicos, sobre todo al Ministerio de Desarrollo Social, en la gestión y ahorro de tiempo”, dijo Muñoz.
El contrapunto llegó desde los municipios, en el panel “Liderazgo femenino en la era de la IA: transformando la gestión municipal”. Catalina Mardones, coordinadora de Temuco Lab, trajo un caso concreto: Datagest, una herramienta de inteligencia territorial que agiliza la gestión de demandas ciudadanas y que ganó el concurso nacional de innovación pública Funciona!. Pero la pregunta por los sesgos de género obligó a mirar los límites. Valentina Gómez, del gabinete de la Municipalidad de Peñalolén, respondió sin rodeos: “Hoy estamos en pañales de cómo realmente lograr evitar esos sesgos, más allá de la supervisión humana y ciertas auditorías”.Su equipo revisa muestras de los resultados, porque revisarlo todo anularía el tiempo que la herramienta ahorra, y Gómez considera esas auditorías “esenciales para ir demostrando estas falencias que tiene la inteligencia artificial”. Completaron el panel Francisca Canales, de CODEP Pudahuel, y Natalia Jara, de la Municipalidad de Lo Barnechea, con la moderación de Natalie González, de la Red de Innovación Local.
La respuesta de Gómez deja a la vista una brecha: la supervisión humana y el muestreo son, por ahora, las herramientas disponibles, y no bastan para asegurar que un sistema no reproduzca sesgos. Ese es el espacio que Sandbox.Chile pretende ocupar, y también el que la UAH busca abordar con su postulación al BID Lab para crear el primer Hub Tecnológico de Innovación Social en Chile, que conectaría a municipios y comunidades con soluciones de IA responsable. Lo que está en juego no es solo la eficiencia de un servicio público, sino que una tecnología que decide sobre personas no profundice las desigualdades que debería ayudar a corregir. Magnifica Humanitas lo formula en otros términos: a la IA “no basta regularla”.
Ciudadanía deliberante
Las leyes y los controles técnicos no bastan si la ciudadanía no entiende la tecnología sobre la que debe opinar. Sebastián Ansaldo, director del Departamento de Periodismo UAH, advirtió que el propio término “inteligencia artificial” dice cada vez menos. Propuso entenderlo como un “significante vacío”, un concepto al que se le atribuyen tantos sentidos que deja de explicar, y desplazó la pregunta hacia las condiciones que lo hacen posible: “Más allá de la IA como concepto paraguas, tenemos que empezar a pensar en su economía política, cuáles son las condiciones de su surgimiento y desarrollo y cómo esas condiciones determinan los efectos que tienen en la sociedad”.
En el panel de alfabetización crítica, Guilherme Canela, de UNESCO, llegó a un punto cercano por otro camino. Defendió la formación ciudadana, pero le fijó un límite: “Hay que empoderar a los ciudadanos y las ciudadanas de todas las edades, pero eso solo no va a resolver el problema”. La responsabilidad, sostuvo, alcanza también a empresas tecnológicas y gobiernos, y obliga a cuidar a quienes producen información: “Hay que proteger las voces críticas de la sociedad”. Lo acompañaron Francisco Fernández, de la Cátedra UNESCO-UC en Alfabetización Mediática e Informacional, y Marcos Mendiburu, especialista en acceso a la información y gobierno abierto, con la moderación de Alejandra Falabella, directora de Investigación y Postgrado de la Facultad de Educación UAH.
Roberto Rubio, director del Centro de Estudios Mediales UAH, propuso entender la IA generativa como un “régimen técnico-cultural”: una técnica que no solo sirve a la cultura, sino que la configura. Para mostrarlo, abrió la caja y describió las operaciones que la hacen posible: la recopilación y organización de datos, la tokenización, la conversión de información en vectores y el entrenamiento de modelos. Conocerlas, sostuvo, no debería ser tarea exclusiva de especialistas, porque estas tecnologías ya forman parte de la vida cotidiana. Ese es, explicó, el propósito de su disciplina: “Los estudios mediales abordan los medios de comunicación, tanto los más antiguos como los más recientes, pero no solamente para ofrecer una descripción de estos medios, sino también y fundamentalmente para pensar las relaciones entre técnica y cultura que allí se configuran“.
El historiador Cristián Palacios, académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades UAH e investigador de las tecnologías burocráticas y los saberes estatales en América Latina, llevó la discusión hacia atrás. En “Compás, tinta y algoritmos: historias de la identificación biométrica” recorrió los instrumentos con que los Estados han buscado identificar a las personas, y mostró que los algoritmos son el capítulo más reciente de una historia larga. Es la misma pregunta que se hicieron los estudiantes -Benjamín Fernández, Ignacio Muñoz y Diego Molina, citados previamente en esta nota- que investigan la focalización social en Chile y Uruguay: con qué criterios un Estado decide quién es quién y quién recibe qué. Leídas juntas, las intervenciones de Ansaldo, Rubio y Palacios plantean que deliberar sobre la IA exige entender qué es, cómo funciona y de dónde viene.
Distinciones para magnificar la humanidad
Alberto Coddou llevó la pregunta al mundo laboral. El académico de la Escuela de Gobierno UC y experto independiente del Grupo de Trabajo del Protocolo de San Salvador de la OEA, que investiga el impacto de los algoritmos en los derechos de las personas trabajadoras, advirtió que los efectos de la IA en el empleo no son homogéneos y que todavía hay incertidumbre sobre su alcance. “De lo que sí hay evidencia es que las empresas la están utilizando, pero eso no necesariamente implica pérdida de empleo, sino que hay una reconfiguración de los trabajos”, explicó, y precisó que esos efectos varían según países y sectores productivos.
Su advertencia más fuerte apuntó a la promesa de la eficiencia: “No necesariamente aumentos radicales de productividad llevan, por ejemplo, a un aumento de los salarios o a una disminución de la desigualdad”. Es la versión laboral de la pregunta que abrió la jornada: optimizar no equivale a mejorar la vida de las personas, y cómo se distribuyen los beneficios de la tecnología también es una decisión. La conferencia, presentada por la decana de Derecho, Miriam Henríquez, anticipó el eje del día siguiente de la II Semana de la IA: trabajo, economía y transformación social.
Si la eficiencia no reparte sus beneficios por igual, tampoco reparte sus daños. La última conferencia del Auditorio Manuel Larraín mostró qué ocurre cuando producir algo deja de costar esfuerzo. Helena Román, académica del Departamento de Sociología UAH e investigadora de proyectos ANID sobre violencia de género, estudia cómo esas violencias se trasladan al mundo digital. Los deepfakes sexuales, explicó, “son imágenes o videos de contenido sexual creados mediante inteligencia artificial generativa, sin el consentimiento de las personas involucradas. Una de las prácticas más habituales consiste en desnudar digitalmente a una persona o incorporar su rostro en un video pornográfico”. Las principales afectadas son mujeres, y el problema, advirtió, se agrava por la facilidad de producirlos: “Estas imágenes nunca existieron realmente y cada vez resulta más difícil distinguir lo real de lo falso”.
En la charla magistral, Loreto Bravo había distinguido entre las fricciones que conviene eliminar, como la burocracia, el trabajo repetitivo o los obstáculos que excluyen, y las que vale la pena cuidar: el tiempo para reflexionar, la conversación, la relación con otros. Al terminar la primera jornada, esa segunda lista era más larga: incluía la verificación antes de citar, la explicación que un funcionario debe a un ciudadano, la evidencia antes de adoptar, un reparto justo de lo que la tecnología permite ganar y el consentimiento de quien aparece en una imagen.
Es el tipo de conversación que el rector Cristián del Campo SJ esperaba que dejara la II Semana de la IA: “Ojalá esta segunda versión deje conversaciones que sigan después del viernes y alguna colaboración que hoy todavía no existe”.
Una conversación que sigue
En estos cinco días también habrá voces internacionales: El jueves 29, Marina Bers, profesora de Boston College, expondrá sobre la infancia como laboratorio de innovación educativa en la era de la IA, y el viernes 30, Richard Wood, director del Institute for Advanced Catholic Studies de la University of Southern California, abrirá la jornada con una conferencia sobre la IA, la tradición intelectual católica y el bien común. La ceremonia de clausura estará a cargo de la vicerrectora Académica y organizadora de la semana, Antonia Larrain, quien presentará el marco de educación resiliente a la IA de la Universidad. Larrain, que acompañó al rector en la gira por Estados Unidos, ha señalado que el Plan Estratégico 2030 de la UAH tiene como corazón “promover la transversalización de las tecnologías e IA, la innovación formativa y el fortalecimiento de la empleabilidad”. En esa misma instancia se premiará al equipo ganador de la Hackatón interdisciplinaria.
Esta II Semana de la Inteligencia Artificial UAH continuará hasta el viernes 30 de octubre en el Campus Patrimonial. Las actividades se transmiten por el canal de YouTube institucional, y las inscripciones están disponibles en www.uahurtado.cl/semana-de-la-ia-2026.