Fuente: El Mostrador
Como sacerdote visito periódicamente la cárcel de mujeres de San Joaquín. Para Semana Santa voy a confesar. No revelaré ningún secreto de confesión. Pero sí creo que tengo algo importante que contar.
Las mujeres que se confiesan han entrado, en general, en un proceso de cambio en su manera de ver sus propias vidas. Podría hablar de conversión, aunque no en todos los casos: muchas han ido a dar a la cárcel simplemente por miseria. Pero en otros casos –y no son pocos– he visto mujeres que no quieren volver a tener la vida que tuvieron antes. Quieren ser un aporte para la sociedad, tener un trabajo digno, recuperar a sus hijos, reconstruir su familia. Las veo y se les ilumina la cara de solo pensar en un cambio total.
Creo que la función primordial de la cárcel tendría que ser precisamente esta: ayudar a quienes han sido condenadas a transformarse en personas de bien. Por lo mismo es tan lamentable constatar que muchas veces la cárcel es un lugar inhumano, donde da la impresión de que quien está preso tendría que soportar cualquier maltrato. Y lo más triste es lo que ocurre después: estas personas salen con la esperanza de una vida mejor, y la sociedad normalmente no les ofrece nada. La única oferta real que les queda es volver a delinquir.
La reinserción no es caridad: es una obligación estatal. Conozco la Corporación Abriendo Puertas, que ayuda a mujeres reclusas a reinsertarse en la sociedad con resultados notables: de 130 personas que han ingresado al programa, solo cuatro han reincidido. Si se le ofrece a una mujer que quiere cambiar su vida una posibilidad efectiva de hacerlo, es muy probable que lo logre.
Retener a personas durante años en condiciones inhumanas, sin ofrecerles al salir ninguna herramienta para cumplir lo que ellas mismas desean, es un fracaso costoso, humano y social. En realidad, es una crueldad.
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