Diseño sin título - 1
Fuente: Revista Mensaje
El 23 de marzo de 2026, murió josé bengoa. Tenía 81 años.Solo seis mesesantes,había recibido el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias sociales de Chile. El jurado destacó su contribución a la comprensión de la historia social chilena y la defensa de los derechos de los pueblos indígenas. Bengoa, emocionado, dedicó el premio a sus amigos mapuche, «que me han enseñado mucho en la vida. Quisiera agradecer mucho a la gente campesina con los cuales hemos estado una vida juntos».
Pepe, como le decían sus amigos, nos dejó una veintena de libros y varias centenas de artículos y ensayos. Le gustaba escribir y contar historias, entre las que transmitía una verdadera fascinación por la experiencia humana. Sus claroscuros le conmovían, le indignaban, lo esperanzaban. Probablemente fue esa fascinación la que lo llevó a convertirse en uno de los principales intelectuales chilenos de nuestro tiempo, comprometido y partícipe de diversas instancias de responsabilidad académica, política y social.
Lo escuché muchas veces, algunas en el comedor de su casa en El Ingenio, entre cerros, amigos y colegas. También en espacios académicos, con sus estudiantes, en presentaciones de libros o caminando lo necesario hasta llegar donde preparaban, según él, «el mejor ajiaco de Santiago». Siempre era el mismo, rememorando experiencias, con la sonrisa y calidez de quien transita el camino que eligió con convencimiento y pasión.
Sus anécdotas convivían con la explicación de procesos globales, lo cotidiano con lo estructural, la crítica severa con el cariño que le despertaban personalidades con las que podía establecer fraternidad sin coincidir políticamente. Te invitaba a subir el cerro de Potosí, la ciudad sagrada de Caral, las comunidades mapuches de Arauco, Tzintzuntzan en México o la Zanzíbar africana. Pero también era un diálogo cruzado con el tiempo: la dictadura, la Unidad Popular, la conquista de Américao la inacabada transición a la democracia. Lo de él era el terreno, el campo, la calle, la plataforma firme sobre la cual problematizar. Si querías entender algo, insistía, había que vivir, recorrer, mirar, conversar, cocinar, barrer. Sí, nuevamente el terreno. Su risa era estruendosa y contagiosa, pero también su molestia. No pocas veces,
rojo de indignación vociferó en voz alta su parecer, golpeó la mesa y sumó enconados detractores en el camino.
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